viernes, 27 de mayo de 2005

LA VIDA DE GREGOR SAMSA

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Gregor Samsa se levantaba todos los días a la misma hora desde hacía ya cinco años. Se levantaba a la misma hora para tomar el mismo tren que salía de la misma estación de la misma ciudad siempre lluviosa.

Siempre, con precisión sistemática, saltaba de la cama para no dejar escapar el tren que lo llevaba a otras ciudades que no conocía aunque iba todas las semanas. Su jefe, encaramado en el escritorio para parecer más alto que Samsa, le decía "y no dejes que el tren se escape o no podrás hacer las ventas oportunas". Así que Gregor, obediente, se levantaba siempre a las cuatro desde hacía ya cinco años para coger el tren de las cinco. El despertador sonaba fiel con su histérica campana. Llegado a la estación se encontraba con el mozo de almacén que también se había levantado a las cuatro y, quizá por ello, jamás hablaba sino para quejarse de la lluvia o de Samsa, que solía estar continuamente resfriado y que tosía encima del mozo de almacén.

Una vez fuera de la cama y acallado el despertador, empaquetaba los muestrarios, antes incluso de vestirse, porque podía salir a la calle en pijama pero no sin los muestrarios. Se vestía y salía sin desayunar. No comía demasiado. Nunca. No entraba en cafeterías. Nunca.

Cada noche se acostaba a las ocho tras haber tomado una ligera cena en cualquier pensión donde se alojara. Leía diez minutos ensayos filosóficos a los que eran muy aficionado y apagaba la luz en el silencio de la noche. Cerraba los ojos y sin querer pensar en nada intentaba dormirse lo más pronto posible para aprovechar las ocho horas de sueño que se le permitían, pudiendo caer en un grato estado de inconsciencia olvidando almacenes, mozos, resfriados, padres, jefes, muestrarios y la aburrida vida de insecto que llevaba.

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