miércoles, 19 de abril de 2006

OTRO DISCURSO ES POSIBLE

Cuando uno escribe un discurso de graduación no espera que le guste a todo el mundo, pero sí espera que, al menos, confíen en su trabajo. Al parecer, cualquier idea expresada en términos no neutrales y absolutamente claros resulta peligrosa. Es decir: lo que es artístico es dañino, ya que tiene varias lecturas, algunas desagradables, y eso nos da miedo. Queremos un discurso claro, cristalino, puro (pero no como la poesía de Juan Ramón), que no lleve a error y que no nos haga pensar; que use palabras reconocibles, nada de invenciones (aunque, como dijo aquel, toda palabra fue alguna vez un neologismo); un discurso realista (al más puro estilo stalinista) que no nos induzca a ver más allá. Queremos un discurso negloptente, sano, amistoso, soso. No queremos un discurso como el siguiente:
No sé si sabéis lo que es la negloptencia. No lo busquéis en el diccionario, porque no lo encontraréis, pero como afirmó el dramaturgo ruso Maiakovski, el poeta tiene derecho a inventarse palabras y quizá más que un derecho sea un deber.
La negloptencia es una enfermedad que consiste en la ceguera provocada por leer demasiado. Como futuros filólogos es una dolencia que deberíamos tener en cuenta. Sería nuestra enfermedad laboral. Igual que los mineros tienen la silicosis, nosotros tenemos la negloptencia.

De todas formas, considero que esta teoría está incompleta. Hay varios interrogantes: ¿afecta a todos los sujetos por igual?, ¿qué es leer demasiado?, es más ¿qué es leer?

Quizá el problema no estaría en un abuso de los libros, en haber pasado muchas horas buscando respuestas en ellos, sino en su mal uso: no es una cuestión de leer, sino de leer mal.

Si nos fijamos en un negloptente lo reconoceremos en seguida y veremos cómo la raíz de esta afección no es exactamente el leer. El paciente dice cosas como “tengo más de mil libros en mi biblioteca ¡y los he leído todos!” o “en un día leo más de veinte obras”. Otro síntoma muy común es su manía citadora: en algún rincón de algún párrafo de algún libro el negloptente ha leído algo que viene bien para lo que se comenta, porque, claro, él lo ha leído todo.

Esta afición compulsiva al libro acaba derivando en una especie de sobredosis que, finalmente, termina en la ceguera intelectual: el negloptente ya nunca será capaz de leer nada, simplemente podrá pasar los ojos por encima de las páginas descifrando las letras y entendiendo el significado de cada palabra, pero sin comprender nada del contenido.

El problema de la negloptencia es que casi ningún enfermo es consciente de padecerla y muy pocas veces puede curarse. En algunos casos el negloptente, ya ciego, termina por no volver a coger un libro, ya que acusa al objeto físico de todos sus males mentales.

Creo que la filología mal entendida es una fuente de negloptencia. Por nuestras manos pasan muchos libros que no siempre leemos. Muchas veces sólo paseamos la mirada por encima de las letras, como un negloptente en estado crítico. Podemos adquirir la mala costumbre de intentar acumular y acumular lecturas y de intercambiarlas como los cromos de los niños: “¿y tú ya te has leído los cuarenta y seis Episodios Nacionales?, ¿no?, pero bueno, tú eres un perdedor” Y al final acabar tan ciegos que usemos el verbo leer como marcador de un alto estatus social o, pero aún, como un arma de tortura pedagógica. La ceguera del lector trae consigo la muerte del libro y la muerte del libro es la muerte del filólogo.

Pero también creo que la filología puede ayudar a prevenir la enfermedad. Toda nueva promoción de filólogos es una esperanza y un arma contra ella. Un filólogo, un amante del lenguaje, se forma, como nosotros nos hemos formado, para que cualquier palabra le diga mucho más, para que algo se encienda en su cabeza, como una chispa que ilumina un oscuro túnel.

Durante estos años hemos aprendido a saltar por encima de las pastas, de las hojas, de la tinta. Entre los muros de esta facultad nos han enseñado a ver el otro libro, el que es imposible de acumular, el incontable porque sólo hay uno y nunca es igual, ni siquiera para uno mismo. Nos han enseñado a no discriminar, a ver que todo puede ser material literario, que cualquier forma de hablar es hermosa y digna. Nos han educado no sólo para no ser ciegos, sino para ver más. Sin duda, ha merecido la pena todo nuestro esfuerzo ya que la recompensa, aunque no se paga con dinero (pero ¿quién se estudia filología para eso?) es aprender a leer de verdad, es decir, percibir las innumerables vidas que hay dentro de nosotros.

Es algo por lo que estar agradecido y que no debemos desaprovechar si no queremos ver malogrado todo el esfuerzo de estos años. Así que ahora os haré una pregunta, y me interesa que esto se entienda, ¿queréis ser negloptentes o queréis ser filólogos?

Y no lo queremos porque dentro hay una almendra amarga, una opinión, y eso no nos interesa.

Lo que más me duele es que sea tan fácil ser un artista incomprendido. I want to break free.


6 comentarios:

Anónimo dijo...

Fokkol como mi sudafricano amigo decía. Si tanto censuran el discurso los negloptentes y puesto que ya te licencias, líala y lee lo que te salga del mismisimo hermana

Edryas dijo...

No se lo merecen. Cuando sea vieja haré lo que hizo Arrabal en el estadio de fútbol en el que se hacía un acto anarquista: "que se arrodillen los anarquistas para pedir disculpas por sus crímenes".

Pero eso... cuando sea viejita.

Gacelo dijo...

Me gustaría estar allí para verlo. Me gusta haber podido leer el original antes de oir mañana el descafeinado.

Jane Vicente dijo...

Pues a mí, en cierto modo, no me gusta haber leído el original, porque ahora al leer el descafeinado me sabe... ¡soso, soso, soso!
Y me da mucho que pensar que quienes censuren sean precisamente los nuevos "filólogos". Está visto que esta gente ni siquiera llegará a negloptente, no se atreven a tanto ("uuuhh, palabras que no vienen el diccionario, ¡qué miedo!... uuhhh, un texto que va un poquito más allá de lo estrictamente literal... ¡malo, malo!").

josemoya dijo...

Hermoso discurso. No sabía yo que en Alcalá se hicieran ceremonias de graduación... ¡y eso que mi hermana estudió allí!

Rafa dijo...

¿Tenéis discurso de licenciatura? ¡guau! Eso es nivel. A nosotros no nos dieron una patada en el culo porque no había presupuesto para todos.
No sé cómo será la versión con sacarina, en todo caso enhorabuena, y me apunto la palabra... ¡Negloptente!, es buena.