martes, 18 de julio de 2006

PENCHU (in memoriam)

Hay una leyenda urbana que dice que una tortuga estuvo dada la vuelta, panza arriba, hasta que se ahogó y murió. Cuando fue vuelta del derecho, con las patas tocando tierra, a las horas, la tortuga resucitó, ya que sus pulmones tienen una capacidad asombrosa al desgaste. Pero las leyendas urbanas son aún más inciertas que las leyendas de siempre.
Es una leyenda que siempre cuento porque lo que más me aterra es que alguna de mis tortugas se dé la vuelta y se ahogue. Penchu sabía que sería un buen final para ella.
La pequeña Penchu adoptó su nombre de las tiras supuestamente cómicas del tío Pencho . Como cabe esperar de toda tortuga, no se conoce su sexo, así que de ahí el final en -u.
Penchu era una tortuga ascética. Eso se lo había pegado su compañera de tortuguero, Flechu. Pero Penchu se lo tomó aún más en serio hasta que llegó al convencimiento de que su reino no era de este mundo. No osaba comer pollo ni pescado, caprichos que Flechu sí se concedía. Había ensayado su suicido varias veces: se colocaba en una pared y se dejaba caer patas arriba. Ese gesto tan natural (como mortal) en una tortuga también lo realizaba Flechu, pero ésta usaba su cuello como palanca para ponerse derecha. Penchu nunca lo hizo. Cuando se quedaba así, subía un poco la cabeza y me miraba con esos ojos plácidos que siempre tuvo. Yo la colocaba para evitar una desgracia, pero pronto me di cuenta de que yo no siempre estaría ahí. O quizá es que se cumplía la maldición de Jeanco: "cuando dos tortugas viven juntas, una de ellas muere inexorablemente." Yo pensé, inocente de mí, que se refería a unas condiciones de higiene más estrictas, pero no: la tortuga muere, da igual cómo.
Cuando fui a comprar una amiga para Flechu escogí a Penchu entre todas las que me ofertaba el vendedor porque, al ponerlas panza arriba, fue la única que levantó la cabeza y me miró directamente. Qué ironía.
Los especialistas han comentado que quizá se la ha llevado un golpe de calor, pero yo lo dudo, ya que semanas antes de su "accidente" Penchu pasaba la mayor parte del tiempo fuera del agua buscando el sol. Había dejado de comer y sólo dejaba que el sol quemara su piel. Pero ese método quizá era demasiado lento para ella.
Una serie de circunstancias a veces se alían para conjurar las tragedias. Porque lo de Penchu fue una tragedia: sentenciada desde el principio, mi instinto me decía que algo terrible acabaría ocurriéndola.
La mañana del 17 de julio del 2006 me levanté tarde. El día anterior había bebido demasiado café y la noche había sido larga. Me acosté pronto, pero estuve leyendo un novelón de una golfa del siglo XVI y no me dormí hasta pasadas las 3 de la madrugada. Al levantarme ese fatídico lunes fui a echar un vistazo a las tortuguitas. Penchu yacía panza arriba, uno de mis mayores miedos. La puse derecha y eché comida a Flechu, que no estaba en huelga de hambre. Dejé tranquila a Penchu, pero pasado el rato, me volví a aproximar. Tenía mala cara, sus ojos, normalmente apacibles y serenos, estaban hinchados y sus pupilas eran pequeñas y afiladas. Su boca estaba ligeramente abierta. Recordé la leyenda de la tortuga que volvió a través del éter y coloqué a Penchu encima de la isla que todo buen tortuguero posee. Le toqué las patas (sin respuesta), le toqué la cabeza (no la encogió), le toqué el pecho (¿masaje cardiorespiratorio?) Llamé a Gacelo para darle la fatal noticia: Penchu estaba muerta o muerto o qué se sé yo. Me he preguntado qué hubiera pasado si la hubiera encontrado antes, si hubiera podido salvarla si no hubiera esperado a levantarme a las 11 de la mañana, si no hubiera leído el libro de la golfa renacentista hasta tan tarde. Hacía unos días había comido un poco, eso significaba una mejoría o, quizá, como bien saben los psiquiatras, su despedida de este mundo: todo suicida parece más feliz cuando toma su decisión.
Penchu era mucho más dulce que Flechu. Le gustaba comer, aunque poco. Jugaba mucho con Flechu y se le subía encima de ella buscando el sol. Tenía el pecho liso, sin manchas y el caparazón de un verde intenso, casi fosforito. Pero su destino era morir ahogada panza arriba, lo supe desde que la vi intentarlo la primera vez. Es el destino de algunas mascotas, como el pez de Amèlie o mi propia tortuga: la Tierra no es lo suficientemente buena para ellos.
Flechu sólo ahora, 6 horas después de retirar el cadáver, se da cuenta de su nueva soledad. Ha buscado a Penchu y, decididamente, se siente sola. Sólo espero que ella decida vivir.
Penchu, que poco estuviste entre nosotros, apenas unos meses, pero qué huella dejas.

2 comentarios:

josemoya dijo...

Descanse en paz. Personalmente, he asistido a la muerte de muchos animalillos, alguno de ellos quelonio. Siempre se te rompe algo cuando desaparece uno de ellos.

Edryas dijo...

Era tan dulce Penchu... Demasiado para este mundo