domingo, 13 de mayo de 2007

COSAS DE LA ALDEA (IV)

INTIFADA COLEGIAL

Mi colegio se llamaba (y se llama) Ciudades Unidas. Un precioso y democrático nombre debido al hermanamiento de la aldea con los pueblos de Bucraa (Sahara), Castelnau le Lez (Francia), Carabayllo (Perú) y Vitoria (Italia) ( y esto en un centro que se llamó Carrero Blanco) Junto a éste estaba el colegio Tierno Galván. Esta es la historia de dos colegios divididos por el odio cuyos destinos sólo podían quedar truncados a base de pedradas.
Todo empezó como empiezan estas cosas, con la identificación. "Yo soy del ciudades, soy mejor que nadie, mi camiseta es roja" "Yo soy del tierno, tenemos un equipo de balonmano terrorífico, nuestra camiseta es amarilla" Como un juego, unos estudiantes insultan a los otros, esto es así. Pasaba lo mismo en el Olivar y en el Miguel Hernández, la sana competición, lo llaman.
Cuando yo tenía unos 7 u 8 años empezó lo grave. El estado de Israel Galván nos quitó un trozo de patio. Nuestro patio era inmenso y, lo mejor, tenía un olivar (¿recuerdan ustedes cuando toda esta zona aldeana eran olivos y olivos y olivos?) donde nos subíamos a jugar. Dejaron tres. Testimoniales. Esto fue tomado como una traición más allá del color de las camisetas. No nos paramos a pensar que en los colegios públicos nada es de nadie y menos el patio.
Al grito de "guerra contra el tierno" los estudiantes nos juntábamos a coger piedras. El recreo de las 11, descanso para el "amaiketako", se convirtió en nuestra intifada particular, sin objeto ninguno, ya que no queríamos recuperar el patio. Lo que nos gustaba era la emoción, el riesgo de las pedradas silbando al rozar nuestras sienes. ¿Puenting? ¿Rafting? ¡Piedring!
El hecho que narraré a continuación es uno de los más vergonzosos de mi carrera como proto-delincuente juvenil. Mucho más que cuando tuve que huir de la policía por el monte de Vicálvaro por un crimen que no había cometido. Era un mágico de recreo de la mañana, yo me había provisto de piedras, pero encontré una enorme, casi más grande que mi odio y mis posibilidades de cogerla. Pero la cogí y, epa, la lancé (si por aquel entonces hubiera sabido lo que era un piedrolari, ahora sería deportista de élite y tendría más puntos en las oposiciones, jodé) con la mala suerte de que rebotó en la valla metálica oxidada que separaba ambos patios. Yo, que medía cosa de metro y medio, no vi la piedra que se acercaba a mi cabeza y me daba en toda la nariz... Mis lágrimas rodaban por el dolor y la tierra que se me había metido en los ojos. Pero tragué saliva: al menos había salvado el orgullo ya que nadie me había visto. Al contrario, mis condiscípulos agitaban su puño con ira contra los vecinos de colegio. Rechacé el ser mártir de la causa y echarle la culpa a algún niño del Tierno. Desde ese momento rechazo la violencia y sé que... quel conerie la guerre!
Por cierto, la valla fue reemplazada por un muro. Un muro que no rebota.

6 comentarios:

Juan dijo...

Ay, aquellos tiempos de Las chicas son guerreras. Seguro que la conoces. Beso

FidiasNet dijo...

¡Curiosa y valiosa lección de la vida!.

pepeltenso dijo...

jejejee, sin muros, mejor sin muros.

UB dijo...

¿Cuando estuviste en La France quemaste coches?
Si ya decía Espe que había mucha delincuencia juvenil que hay que atajar...

Reyes dijo...

Cómo me ha gustado. Es como eso de quien a hierro mata a hierro muere. Algún niño del "Tierno", está escribiendo en algún lugar del planeta: "y ví como la piedra venía directa pero ah .... sorpresa".

Rafa dijo...

"Esta es la historia de dos colegios divididos por el odio cuyos destinos sólo podían quedar truncados a base de pedradas"

¡¡Qué bueno!! Me ha encantado, pero eso no te exime de contar algún día la historieta de Vicálvaro.