miércoles, 23 de mayo de 2007

HISTORIA EGOCÉNTRICA EN TRES CAPÍTULOS, versión alegre (I)

Creo que me cuesta más escribir la versión alegre de mi vida. No es porque no haya momentos felices, sino porque, estúpidamente, lo sé, estos momentos los recordamos de otra manera, más suaves. De hecho, creo que esta historia se puede empezar por el final: cuando llegué a la conclusión de que la felicidad eran una serie de momentos de paz, amor, sin sobresaltos.

Cuando era pequeña tenía la visión trastocada. Aún no era miope, no era eso. Las cosas que veía, las veía a mi modo (ahora también, pero primero las veo de la otra manera y luego las cambio a mi antojo) En el salón de casa teníamos un cuadro de una cacería (perros y ciervos, el mismo que tiene la familia Alcántara, por cierto) En uno de los grandes perros de cacería yo veía un perro, sí, pero su cabeza era parte de su hocico y la mancha negra de su lomo era un ojo enorme en mi versión. Bien es verdad que los cuadros de la casa era de estilo cubista surrealista, pero sin quererlo. Los había pintado mi abuela (bendigo a la vejez que no se interesa por Internet y me permite decir estas cosas) Ella hacía bodegones, pero yo nunca entendía nada “¿Por qué el melón tiene pelos, abuela?” “¡Anda! No son pelos, son las cuerdas para colgarlo” Así, mi mundo pictórico se había llenado de cuchillos con gorro (paños enrollados al mango) y jarras con trenza de india vieja (el mango de la jarra era cerámica gris trenzada) ¿Qué me importaba a mí que el perro pareciera una ballena?

En el colegio era la que más rápido corría, más que muchos chicos. No recuerdo la marca, creo que eran 60 metros en unos 7 segundos. Me da igual. Era la que más rápido corría. Una vez gané una medalla. Eso me daba igual porque a la semana se olvidaba todo el mundo. ¿La fama? Nada de eso, no me importaba. Pero yo sabía que era la que más rápido corría, aunque no me sirviera para nada. Había otras cosas que me gustaban del colegio: los cuadros mágicos donde, realizando una serie de operaciones matemáticas, te daba como resultado 15, y el retrato de Rousseau en el libro de Sociales. Soñaba con ambos.

El río de la aldea era un lugar mágico, siempre cambiante. No era más que una acequia sucia, un río al fondo, una casa labriega y una depuradora. Pero aquello era mío y misterioso e inquietante. A veces iba allí a patinar (las bicis me daban pánico y pertenecen a la versión triste de la historia) y, luego, me quitaba los patines y me adentraba (adentrarse, no me gusta) por los maizales, el campo de trigo (de donde yo cogía granos para mis hámsters), el puente verde y gris, los prados de la Guindalera… Siempre había poca gente (o nadie) lo que aumentaba la sensación de que todo podía pasar. No sé muy bien en qué pensaba, no pensaba en fantasmas ni en duendes ni en ninguna mitología conocida. Eran mis mitos. Y siempre olía a vida, a agua con plantas pudriéndose dentro, a verano. Volví a encontrarme esa sensación en Asturias, algunos años más tarde. Algunas veces paso por allí y lo huelo y lo veo y lo siento, aunque diferente, lo siento: todo puede pasar allí porque es un no lugar, a pesar de su depuradora, su adoquinado, su cascada falsa.

9 comentarios:

pepeltenso dijo...

Dios, vamos a conocerte mejor que tu madre jajajaja.

Edryas dijo...

Parece ser que no me importa

UB dijo...

Perdona mi incultura pero ¿tenéis maizales y campos de trigo en Sanfer?

Edryas dijo...

Los hubo, ahora tendría que actualizar mi información. Lo que sigue existiendo son huertas de ocio que sortean entre los ciudadanos (los domingos, a veces, los viejitos venden las cebollas que sacan)
Esto es un shangri la... paleto y con carreteras, eso sí.

UB dijo...

¿No te puedes pedir una huerta de ocio tú y así tenemos todos ya comuna de verano? ¿Pero qué van a cultivar en ella? ¿ Botellas de J & B?

Reyes dijo...

Yo no era la que más corría de mi clase. De hecho, tenía el pelo muy muy largo y claro era la más fácil de pillar. Así que decidí no jugar, me iba a dar igual. Sabes, creo que la historia feliz no podría ser sin la triste y viceversa.

Jane Vicente dijo...

Pues yo era la que menos corría de mi clase (o casi). Ya sabes que la velocidad no va mucho conmigo. Pero también tenía mi propia visión distorsionada de las cosas. Hasta hace pocos años no descubrí que los relieves de un juego de jarras y copas que había en la cocina no representaban a un señor barbudo de perfil sino que eran unos racimos de uvas. Aun ahora que sé que son uvas veo más fácilmente el perfil del señor de las barbas...
Espero impaciente el resto de entregas ;-)

Graciela dijo...

Lo del cuchillo era un gorro...que no te quepa duda ma cherie

Anónimo dijo...

me matas