sábado, 21 de julio de 2007

Qué conversación más estúpida. Me seca por dentro. Me pregunta, pero sólo para contarme sus cosas. Me abuuuuuurro, sobre todo porque yo no quiero contarle nada. Estoy siendo misteriosa, todavía no he dicho nada de lo que he hecho o pienso hacer, porque he caído en desgracia y tampoco merece la pena preocuparse mucho. Un simple "estoy bien" y un torrente de conversación vacía. Y, es gracioso, no me pregunta más. Ya ha soltado su rollo, que es lo que quería y la conversación ha muerto. Ah, la gente evoluciona, pero, joder ¿tienen que hacerlo a mi costa?
Y, claro, al final hay cosas imparables y lo que tiene que suceder sucede como en un proverbio chino: estallo, porque soy temperamental, señores, como todos los griegos. Va a ser que no me gusta que me ridiculicen; no, va a ser que no me gusta que me hagan la típica broma que llevamos haciendo cuatro años... que ya cansa, hombre... Como dice mi amiga Pili, hay personas que buscan el enfrentamiento, porque es divertido, porque lo necesitan para seguir pensando, porque les resulta agradable... pero son cansinos, cansinos. Me hace gracia: este temperamento me impide que las cosas salgan bien, con un simple, sí, no, claro, a ver, natural, normal, ya... Pero me estresan tantísimo esas pseudo-conversaciones. Así que intento hablar de verdad, pero no funciona, no podemos conversar, soltar opiniones, al final siempre sale la estúpida bromita.
Y sólo al final, cuando le digo que no esté tan seguro de encontrarme, me dice que le cuente qué voy a hacer (justo después de decirme que va a irse) ¿Pero de qué gente me rodeo? ¿Dónde están las personas?

1 comentario:

UB dijo...

En esas circunstancias hay que inventarse una excusa inverosímil y acabar la conversación: "perdona que no siga escuchando tu interesante historia, pero tengo hora con el callista". Y si no funciona, da detalles escabrosos sobre lo anterior.