jueves, 16 de agosto de 2007

CARNAVAL SE SUICIDÓ (Segunda parte)

He ido a casa de Carnaval, a dar el pésame a su familia. He tenido que preguntar la dirección. Ellos me conocían y eso ya me resultó raro. No sabían mi nombre, eso sí. En estos días he pensado mucho en la inutilidad definitiva del nombre. Al llamar a la puerta, al abrirla , no he preguntado por Carnaval (porque está muerta) ni he dicho su nombre (¿Nuria?), sino por "su hija". Estúpido del todo. El caso es que conocían mi cara. Su madre me ha hecho un gesto de reconocimiento y me ha dicho "ah, sí, sí, muchas gracias..." "Darío", he dicho yo. Me ha vuelto a sonar estúpido mi nombre en medio de un salón que no estaba de luto, que no olía a luto, con su padre y su hermana mayor en un sofá, tan normal todo. Notaba vergüenza, pero no tristeza; extrañeza, pero no desesperación. Darío, como el enemigo del también estúpido Alejandro Magno. Y algo se me agarra al pecho al preguntarme si a Carnaval le gustarían o no las historias de Alejandro Magno.
Su madre me ha enseñado la habitación de Carnaval. No he entendido esta morbosa costumbre de mostrar las intimidades del muerto. Sospecho que su madre ha pensado que somos... éramos amigos. Miro las paredes de la habitación. Hay algunos carteles de congresos de varias especialidades diferentes: biología, geografía, matemáticas... ¿le interesarían todas estas cosas a Carnaval? Y es el segundo condicional que me asalta en poco tiempo y sobre el mismo tema y cada vez siento más angustia, porque sé que no es un condicional sin más, sino un condicional perfecto (si Carnaval hubiera estado viva...) Perfecto como la muerte. Entiendo la no sorpresa de su madre cuando veo unas fotos mías en una de las paredes. Me sorprendo, yo sí, pero me parece lógico verme junto a otros compañeros de clase y algunas otras personas que no conozco. Corrección: que no he visto nunca. Conocer, lo que se dice conocer, no conozco a nadie. Empiezo a conocer a Carnaval ("perfectamente muerta", me digo) Su madre señala una foto mía junto a Carnaval. ¿Cómo puede ser que no me acuerde de ese día, ni de haber estado agarrándola? Sonreímos. Yo con mi sonrisa de siempre. Ella... ella sonríe con una cara que no he visto nunca, porque sólo ahora me doy cuenta de cómo es... era. Me rebelo contra los tiempos verbales que se me revelan.



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