martes, 7 de agosto de 2007

Me gusta que diga MI nombre, cualquier nombre, de todos los que TENGO, uno, cualquiera, o varios, pero YO. Porque SOY muy egocéntrica y esa es fuente de todo mal y toda dicha.


ME gusta soñar con él. Porque a veces no SOY tan egocéntrica. ME gusta que ME saquen del yoísmo con sueños en pantalla grande, con palomitas. Pero ME gusta que diga MI nombre, porque ¿os habéis fijado? se dicen muy poco los nombres. Se dicen las cosas, pero no con el nombre al final o al principio.

No SOY una princesa, mucho menos una princesita. Para ser princesa, de lo que sea, hace falta glamour y ganas. La más barriobajera puede ser princesa, no es una cuestión de nobleza o alta cuna. O lo es, de esa nobleza que nos distingue. "¡Qué distinguido!", dicen, pero es que, en el reparto, a MÍ me tocó el poder de la invisibilidad, no el de que ME distingan. Aún no ENTIENDO -y mira que YO muchas veces la entiendo- por qué Silvi dice que es su súper poder más deseado... Nada más fácil que hacerse invisible. Claro, que quizá a MÍ me parece fácil porque YO lo POSEO. Ella es princesa, YO invisible. Aún así, YO ME distingo muchas veces, y si no ME distingo, nada mejor que acariciarle la cabeza a una tortuga o inventarse una palabra o contarle a Gacelo la historia en que él es el agente Gacelo y YO la señorita Melindra o andar unos kilómetros escuchando al viento.


¿Véis? Al final todo es egocentrismo, pero con todos los DEMÁS. Aunque esté mal que yo lo diga.

1 comentario:

UB dijo...

Qué invisibilidad ni qué niño muerto, tú eres discreta como un búho, y eso, querida amiga, quieras o no quieras, también es distinguido. No, corrijo, no es que sea también distinguido, es que eso es LO ÚNICO distinguido.