miércoles, 3 de octubre de 2007

BÉCQUER, APALEAMIENTO POPULAR

Si escribo esto es, sobre todo, por los ánimos que me han dado Bohemia y Víctor. Gracias por confiar en mi maldad, chicos, pero quizá luego queráis apalearme a mí.

Bécquer es sobradamente conocido por decorar carpetas adolescentes. Los muchachos (bastante más que las muchachas, he de decir) copian sus versos para dárselos a sus novietas. A lo peor te la quieren colar diciendo que son suyos (eh, eso a mí me ha pasado, pero, claro, de los hombres de la Aldea, qué se puede esperar) Esto ya es bastante para que se le rechace de plano.
Pero creo que el problema de Bécquer es que fue un fashion victim. Pongámonos en antecedentes. Bécquer quiere ser poeta en el siglo más inculto de la literatura española. Casi todos los libros buenos (es decir, los extranjeros) han sido prohibidos en la primera mitad de siglo y lo que llega son traducciones dudosas. Ahí tenemos a este buen muchacho a quien repugnan los versos simplones de los campoamores. Se topa con un libro de Heine, traducido al español (de ahí los suspirillos germánicos que aquel crítico acuñó sólo para él). Yo supongo que la poesía alemana traducida tiene que ser como Baudelaire y Petrarca en la lengua de Cervantes: un cristo. Pero, claro, era la única forma de enterarse de algo. Por estas épocas en Alemania (en toda Europa) ya se estaba ensayando algo de simbolismo y esto es lo que más llama la atención a Bécquer. Pero él no sabe cómo hacerlo porque le falta bastante precisión, bastante manejo... Le faltan lecturas, vamos, ya que con Heine y Byron se queda un poco corto.
Por otro lado, él rechaza ese mundo en el que le ha tocado vivir. Un mundo de chisteras y abrigos negros, como dice la Regenta. Así que carga tintas en hacer lo contrario: un mundo de mujeres etereas y hombres torturados que no deja de ser tan cargante como el otro. Por eso nos suena a chufla lo de "cendal flotante en leve bruma", casi tan a chufla como el "Escribidme una carta, señor cura" de Campoamor, descriptivo y soso. De nuevo, intenta crear un cambio, pero él sólo y con sus pobres armas no es capaz y sólo le salen aproximaciones.
Por otro lado, y como ya sabéis, al hombre se le quema el poemario, así que lo tiene que rehacer de memoria. Bricolage poético.
En su ansia por cambiar las formas poéticas de finales de siglo escribe obras de teoría de la literatura como Cartas literarias a una mujer. En ellas, Bécquer explica sus ideas sobre poesía, inspiración, creación poética... Leyéndolas y quitando todo lo que tienen de pasteloso (que es bastante, de nuevo hay que ponerse las formas del siglo XIX, que no son las actuales) se puede vislumbrar hacia dónde camina este señor. Por otro lado, si se comparan con algunas rimas se pueden entresacar sus ideas. Una de estas ideas trata sobre la reflexión a la hora de hacer poesía, es decir, no dejarse embargar por los sentimientos cuando se escribe. Cualquiera lo diría leyendo sus poemas, pero no hay que ser ingenuo y pensar que todo lo que tiene que ver con los sentimientos se ha escrito embargado por ellos. Para él, se trata de asimilar sentimientos, memorizarlos para recrearlos a la hora de escribir (esto suena al método Stalivnasky, por cierto)
Digamos que, leídas en frío, las Rimas son una empalagosa forma de declarar amor, facilonas y demodés. El caso es que Bécquer no pudo plasmar todas sus ideas a)liberales; b)simbolistas; c)sobre la creación, y le quedan unos poemillas cursis válidos para la adolescencia. Esto, repito, es la lectura ingenua.
Años más tarde, muchos otros poetas sí se ocuparon de su obra. Para muchos fue el precursor español de lo que vendría después. Intentan ahondar un poco en sus poemas más allá del balbuceo azucarado.
Como sucede con casi todas las cosas manoseadas (como el Tenorio, como el Quijote, como Cien años de soledad, como Poeta en Nueva York) Bécquer acaba cargando, máxime cuando ha sido promocionado como el patrocinador de los amoríos de pasillo y vendido como un exaltador de sentimientos, sufridor y cornudo (que cornudo era, vale) Todo lo que se vende (sobre todo si vende escolarmente) acaba perdiendo su brillo y sea bueno o no, merezca o no la pena, se nos queda en la corteza.
¿Es Bécquer un buen poeta? La verdad, comparado con muchos otros de momentos en que la cultura española estaba más desarrollada, no, ni de coña. Su influencia maligna ha contaminado a algunos escritores, que han visto en él el poeta del amor y han querido imitarlo a ver si esa noche no dormían solos. Sua culpa, sin duda. Pero también ha servido a otros poetas que han entresacado versos y alguna idea (he ahí el famoso "donde habite el olvido", que ha tenido hasta doblete: Cernuda y Sabina. Conste que Sabina confiesa que se lo robó a Cernuda, igual si hubiera sabido que el padre fue Bécquer...)
Conclusión provisional: Bécquer era ignorante, con buenas intenciones, con alguna buena idea, pero con pocos recursos y una visión de la vida y, por tanto, de la poesía, pasada de moda ya en 1860, pero que, a la vez, anticipaba el simbolismo de fin de siglo. ¿Qué hubiera sido de él en un siglo XX? ¿Se hubiera dedicado al ultraísmo?, ¿hubiera acabado escribiendo los poemas de "envía poema al 5492"?

6 comentarios:

Yuya Lou dijo...

Eres única. Hasta siendo maligna eres buena.

Edryas dijo...

Soy justa. La cosa es que hasta siendo científica, no soy seria ;)

pepeltenso dijo...

pues está claro (y esto levantará ampollas) si Becquer hubiera vivido en el siglo XX sería Sabina.

Rafa dijo...

Lo gracioso de Bécquer es que perdure con tanta intensidad en nuestros días, pero como figura romántica es simpatiquísimo: anticuado incluso para su tiempo (este detalle me llamó mucho la atención desde que lo supe).

Me ha gustao tu apaleamiento, me esperaba que sería más sangriento, pero como dide Yuya eres piadosa.

UB dijo...

Esto me lo imprimo y lo tiro tipo pasquines en el recital.
Casi lloro de la emoción.

josemoya dijo...

Muy buena crítica. Como todos los chicos un poco horteras tengo cierta simpatía hacia Bécquer (si bien puedo alegar, en mi favor, que nunca utilicé sus versos con fines amatorios), pero cuando he leído a Heine (traducido: mi cultura no llega a más) he comprendido que B. sólo fue un popularizador del estilo del alemán.