sábado, 14 de marzo de 2009

ANGELITO A SECAS GAMPZ MONTES, OBSERVADOR DEL UNIVERSO

Para L.L. sin que él lo sepa

La canción favorita de Gregorio Gampz Redondo era La cumparsita y la tocaba con todo lo que encontraba, diera notas o no. La cumparsita a la guitarra, La cumparsita al piano, La cumparsita al taburete...

Décima Montes Gálvez, su mujer, escuchaba soñadora a su marido ejecutar con más afán que arte la canción: La cumparsita al calamar, La cumparsita a la sartén, La cumparsita al ridangam...

El hijo de ambos, Angelito a secas, tenia diez dedos, cinco en cada mano, lo cual le hacía sufrir terribles inseguridades y el escarnio de los compañeros de colegio. Cómo su padre, tocaba La cumparsita a la lata, La cumparsita al hombro, La cumparsita a la lámpara...

Formaban una familia reconcentrada en sí misma, como los tres ositos del cuento, pero menos ñoños y crueles. Aún así, gustaban de pasear los días que no llovía o no hacía mucho sol o la temperatura era exactamente 20 grados. Paseaban poco. Sobre todo buscaban nuevos métodos para La cumparsita. Podría decirse que habían cerrado filas entorno a La cumparsita al flautín, La cumparsita a la pianola, La cumparsita a la sandía...

Angelito a secas Gampz Montes, siendo como era un niño retraído por sus humillaciones diarias, apreciaba las cosas sencillas, la conversación insustancial de su única amiga imaginaria llamada Mari Viola (nunca se atrevió a inventar más o a una más amena, no fuera a ser que le saliera mal la jugada porque había entendido pronto que a la vida no se le puede pedir más de lo que está dispuesta a dar), las patatas fritas crujientes, cuyo secreto estaba en freir patatas viejas, la obsesión de los 20 grados mezclados con ilusión de escape, pensar en ser y no ser, la luz flojucha y mal alimentada de abril...

Angelito pasó de los diez años a los cuarenta, cosa que no le perdonó a la vida (esa perra...), pero como a la vida nunca tuvo ocasión de verla, centró el rencor en su madre. A sus cuarenta años, Angelito ya tenía fama de inmortal entre sus compañeros de trabajo, no más sensibles con los diez dedos de Angelito, pero un poco más silenciosos. "La madurez", le decía su padre Gregorio en las pausas que le dejaban sus experimentos musicales "no nos da más cabeza, hijo, sino más vergüenza" y silbaba La cumparsita mientras encontraba algo con qué interpretarla, La cumparsita al cántaro, La cumparsita al mosquetón, La cumparsita al calcetín... Pero en su nuevo ambiente laboral era tratado de Dios o dios por su fama merecida de inmortal. Angelito a secas era como un dios, es decir, como el dinero, que no huele, no se ve, es omnipresente aunque intangible y capaz de todo. Y aquello de ser un dios le puso muchas ideas en la cabeza, ideas que no podía llevar a cabo siendo lo que era en la circunstancia que era y volvió a pensar, como a sus diez años, en ser y no ser a la vez. Así que decidió sacar un dedo de la unidad familiar y, abandonando a Mari Viola en el altar imaginario de su boda imaginaria pero dejándola con un cabreo nada inefable, se fue con su dedo foráneo a buscar la fortuna de un dios como un dios de fortuna.

Probó suerte en el juego, pero resultó que sus estrellas no jugaban ni a la ruleta, ni a los dados, ni al cinquillo siquiera. Después intentó emplearse de llovedor, pero su atávica costumbre de no salir con la lluvia le ocasionó absentismo perpetuo y dejó el trabajo sin que lo hubieran conocido. Finalmente encontró su destino trabajando de observador del universo, profesión a la que muchos han querido acceder, pero que pocos han conseguido dominar. Angelito siempre se negó a observar las cosas unilateralmente y creaba larguísimas correspondencias que lo llevaban a relacionar el polvo de las alas de la mariposa en Japón con el dragón que se esconde bajo las aguas del Rhin. "Son otros tiempos", decía extendiendo su infausto dedo. Durante sus años de trabajo decidió organizar el cosmos contrarrestando fuerzas. Daba paso a una idea romántica y grapaba a ésta una autopista, paraba una epidemia de ira y espolvoreaba encima ajo en polvo, pimienta y malicia. Así fue cómo comprendió que todo era igual desde el primer rodar y que un estado sigue a otro igual y siempre el mismo y diferente. Todo ello podía resumirse en el ir y devenir de su padre tocando La cumparsita al clavicordio o al pelele o al queso o al sombrero o a la trompeta o al moscardón. El mundo era la misma cumparsita tocada por el mismo concertista y siempre diferente. La misma cumparsita desde nunca.

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