jueves, 27 de marzo de 2008

ESPIRÁLICO (I)

La primera vez que probé un tortel de levadura yo tenía nueve años. Esto, que parece un comienzo lírico por lo innecesario, no es más que el principio del relato de mi muerte. Aunque, si bien es cierto que la primera cata de un tortel de levadura no constituye materia narrativa, no es menos verdad que algunos elementos insignificantes han abierto caminos ensortijados inaugurando así las narraciones técnicas o, como a veces las llamaba yo, a torrentazos. O lo que es lo mismo ¿sabemos el impacto que puede crear en un niño de nueve años el contacto primero de lengua-tortel?

Mis padres me habían llevado al médico. O a ver a mis abuelos. Mejor será que dé una serie de opciones para que el constructivo lector pueda emplearlas según su gusto. Sólo pido que se respeten las reglas de la lógica no intentando casar el funeral de mis abuelos con su visita. Pero si, al final, el lector así lo deseare, sepa entonces que abandonará la literatura a torrentazos para entrar en la abisal.

De este modo, yo venía del médico o de visitar a mis abuelos. Era domingo y el rastrillo del barrio de Tetuán mostraba su mercancía o llovía a pantanos (nótese que la palabra "cántaros" que suele ir en este dicho popular, al ser esdrújula, crea una melodiosa eufonía que he decidido romper. En todo caso, el buen lector arquitecto siempre puede volver a la oración original que, paradójicamente, es la menos original) Mi padre me compró un tortel para desayunar (¿y sí, efectivamente, viniera del médico y me hubieran hecho un análisis de sangre y por eso tuviera que desayunar en ese momento y, como es tradicional en mi familia, en un bar? Sepan que si han elegido la opción "médico" se les acaba de redondear la historia) Yo nunca había probado un tortel y me hizo gracia leer en el cartelito del expositor el complemento "de levadura". Pensé que no llevaría harina, sólo levadura en polvo. Mis conocimientos panaderos llegaban hasta ahí. En un sistema educativo donde la fabricación de pan estaba a la orden del día un escolar medio sabe los ingredientes de una masa. Pero el profesor siempre olvidaba informar de que sin harina no hay masa posible. O, quizá, lo que le había parecido superfluo era decir que cuando se añade "de levadura" no significa "sin harina". Señalé el dulce y me fue servido. Era muy delgado y se deshacía en la boca (cosa que seguía maravillándome pues, hasta donde yo sabía, la levadura hinchaba la masa) Pero evocaré: a mis nueve años conocía la trufa, la bayonesa de Bayona, el suizo, el lazo, el merengue, la bamba de nata... Y cada uno tenía reminiscencias de momentos, sugestiones. Pero la casilla tortel estaba vacía. Era necesario probarlo. Me encantó. El dulce más simple de la pastelería me encantó. Pero este no es el cuanto del tortel ¿recuerdan? Dos horas más tarde la boca me sabía a tinta. Luego me morí no sin algo de dolor físico y moral (más físico, he de decir, ya que a morir estaba acostumbrándome) Buscando información en libros sobre fármacos y venenos (que viene a ser lo mismo etimológica y éticamente) pude descubrir que mis síntomas eran los de envenenamiento por arsénico especial para amantes (que es un poco más agónico que el arsénico estándar) Quién sabe dónde estaría el arsénico. Quizá en el tortel, quizá en la lluvia... cartas disueltas en agua y arsénico tiradas en el último momento a la corriente de Bravo Murillo.

Sobra decir que no volví a probar el tortel hasta veinte años más tarde, pero eso fue cuando trabajé de estibador en Santander.

3 comentarios:

One street beyond dijo...

¡Bravo!

Copépodo dijo...

¡Me encanta! Y no sólo por el espiralismo; confieso que me derretiste con el futuro de subjuntivo.

Violeta dijo...

ay, el rastrillo de Tetu!!! :D

sabes q yo soy de alli? qué recuerdos!!

BEsazo ;)