sábado, 29 de marzo de 2008

ESPIRÁLICO (y II)

En Santander, cerca de la calle Vargas, hay una grúa que llaman "de piedra". Se trata de un monumento. O al menos eso pensé yo al verla. Había encontrado trabajo como estibador en el puerto santanderino y me disponía a comenzar mi trabajo de la jornada, no sin antes fumar mi primer cigarro en la grúa de piedra que bien hubiera podido ser de hierro. Lo primero que llamó mi atención en ese aciago día fue el hecho de que yo jamás había fumado hasta entonces. Tomé esto como una señal y guardé el cigarro a medio fumar en el bolsillo de mi anorak especialmente preparado para cazar focas en Namibia. En el mismo bolsillo encontré un anuncio de un evento musical (o como se diría cincuenta años más tarde, un flyer de un concierto) El grupo se hacía llamar (y seguramente se llamaba) "Los estibadores del puerto", presentados por Blista Records. Dos señales tan seguidas tenían que dar como resultado una señal más grande. Aunque jamás había estudiado la matemática semiótica y quizá una señal+una señal= 0, porque menos por menos es más. O, quién sabe, quizá no eran señales sino indicios o lo que es mucho peor, símbolos. Si son símbolos estoy perdido, me dije, porque con los símbolos uno nunca puede estar seguro. Tan pronto todo es amabilidad como que la paloma de la paz te saca un ojo y te pega con un calcetín sudado. Reflexionando sobre la realidad triádica y la relación referencial de los signos que se me aparecían, llegué a mi puesto de trabajo. Pero habían pasado ya muchos años y nadie me conocía. En los ambientes húmedos pienso muy despacio. Prefiero decir eso a que me caí siendo pequeño y tengo un rift valley en el cerebro. El anorak de y para foca me estaba humedeciendo las axilas así que calculé que debía haber tardado unos veintiocho años en llegar al puerto. Me dolía el pulmón, se me partía en cuatro y casi no podía respirar. Saqué la protocolilla del bolsillo. Creo que morí de enfisema. Tenía que buscar un trabajo menos húmedo como el de estibador-músico pagado por la Blista o el de escritor de memorias propias. Pero me di cuenta pronto de que esta última profesión no tenía mucho futuro ya que vida sólo iba a tener uno para contar y que sólo cobraría al final de ella y que, muerto yo, de poco me iba a servir el dinero. Pero jamás me desanimo una vez que me he muerto ¿Cuántas vidas vive un hombre? ¿Una? Eso depende siempre del número de muertes que se tengan. Y así es como me dediqué a narrar mis muertes. Pero eso fue mucho antes de que me envenenara con el tortel de levadura y la lluvia.