domingo, 6 de abril de 2008

Yo metía la cabeza por debajo de su jersey que siempre era el mismo: fino, marrón, viejo y ancho (y me alegro de la libertad en el orden de adjetivos del español donde, si quiero, digo primero que el jersey era ancho o marrón y después si era fino o viejo) Posiblemente siempre que nos veíamos ambos llevábamos las mismas ropas. Digamos que se llamaba César. Sus manos siempre aparecían blancas de tiza. Dentera (siempre me ha dado repelús el polvillo de la tiza. Las manos se me quedan suaves y tirantes y me pican y la piel estornuda como puede y yo me paralizo) Lucía una barba de tres días imposible. Imposible porque el estado del vello siempre estaba en el estadío "tercer día". Nunca crecía más y nunca había menos. Pensé que no se afeitaría con cuchilla, pero no sé mucho de estas labores. Al final ser mujer sólo me sirve para ser ignorante en ciertas cosas y no más sabia en otras. La barba le daba un aspecto de cowboy, aunque el cuadro lo rompía su mirada y su sonrisa. Además, siempre me inspiran confianza las personas con pelo castaño claro, como él lo tenía.


Yo le metía la cabeza bajo su jersey mientras él escribía en la pizarra. Así que había dos César (digamos César): uno en la pizarra manchándose las manos hasta, paradójicamente, el codo, que conservaba el jersey pegado al cuerpo; y otro en mi cabeza con el jersey medio levantado y mi cabeza dentro respirando aire caliente y sin ningún aroma (porque mi cebrebro aún no era competente en creación de ambientes y sólo podía recrear dos elementos sensoriales cada vez) El , digamos, César de la pizarra estaba serio y concentrado moviendo la muñeca con giros de noria y nevándose encima. Hablaba despacio y, curiosamente, atropellado. Iba explicando palabra por palabra lentamente pero, llegados ciertos momentos, las palabras que debieran ir al principio de las oraciones aparecían al final como un juego de trileros. Por no hablar de sus tautologías: "hay que hacerlo de forma breve, brevemente" Justo cuando se atoraba en alguna era cuando yo difuminaba al de la pizarra y descorría el telón de mi mente para meter mi cabeza bajo su jersey. Ahí, en este drama, él sonreía más. Sonreía como se sonríe a los niños, como perdonándome, calamidad, la travesura bajo su jersey. Pero, indudablemente, sus manos seguían llenas de tiza. Y eso me daba tanta dentera que el jersey se volvía de acero y me cortaba la cabeza. O al menos, la imaginación.

4 comentarios:

One street beyond dijo...

^_^

Henry J dijo...

Juas!

Sin aromas…
Aún no te conozco y parece que es para largo.
Y mientras cuentes cosas tan vividas todo me parece ok.

Podría cambiar el nombre y el sexo a tú historia y me recordaría a alguien hace muchos años.

Sigo que tengo mucho atrasado.

adam brown dijo...

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Maga dijo...

Me has ganado con dos cosas:
- lo de los adjetivos
- los gerundios increíblemente bien usados en "moviendo la muñeca con giros de noria y nevándose encima".

Es simplemente precioso. Además de poeta e improvisoria, eres una gran narradora.

Besos. Muchos.