viernes, 17 de octubre de 2008

Ya no recuerdo
quién fue el que me enseñó a distinguir nimbos de cirros
y yo siempre enamorada de estos detalles
lo amé mostrando mi baza
(un poco de mitología bajo el plano de las estrellas
es un chapeau en la primera cita no preparada)
Ya no recuerdo a quién conté
el argumento de Giselle
y él, torpe y cumplidor, me puso ese nombre. Pobrecillo.
Ya no recuerdo qué amor medía uno ochenta y uno,
cuál pesaba sesenta y cuatro kilos,
quién dormía con un tanque entre las sábanas.
Seguro que ellos no diferencian ya
mi Pólux de su melena,
mi prosa de su cintura,
y ninguno recuerda, seguro,
el golpe de efecto último,
el consabido juego del ahora o nunca en el abismo ¡salta!
(llámese coche, cama, hierba)
Pero ¿y si recordaran al menos como yo ahora?
Imposible, no,
ellos no escribían versos.

4 comentarios:

Marta Noviembre dijo...

¡Jajajaja, me encanta el final!

Oye, q ayer me lo pasé genial, y q si es q eso es posible, tloveu aún más.

Mua y remua, preciosaniñaalaqlequedanbientodoslososmbrerosdelmundomundial

U.B dijo...

Pero los versos salen de la memoria. Y a no ser que esas personas desarrollen alzehimer a tan temprana edad (cosa que me resulta harta difícil), se acordarán cuando vean/oigan ciertas imágenes/sonidos. Aunque no lo plasmen ni te lo vengan a contar.

Que te digo yo que sí.

isabel dijo...

a veces nos soprenderíamos de lo que otr@s guardan dentro...


...y callan



guapa

isabel dijo...

a veces nos soprenderíamos de lo que otr@s guardan dentro...


...y callan



guapa