lunes, 31 de marzo de 2008

No sabes nada de mí
no sabes que mi pelo chirría
en contacto con las cuchillas
¿te da dentera?
espera
no has visto nada
no sabes que soy tímida de huesos
y una golfa de palabras
que un día me rompo si soplas
y otro pongo de ejemplo
(aguanta)
delante de veinte personas
y en ese inglés tan madriz
que habiéndose quemado la escuela
los alumnos no irían a clase
sorpresa general

porque no saben nada de mí
no bebo
que me empasto
y por eso pareciera
que no piso las aceras
que no tengo casualidad
y me enervo y doy cabezazos contra el aire
si una frase nada-nada
arranca sonrisas
No es injusto aunque lo sea
es envidia

no sabéis nada de mí
todo-todo
esa virtud del medio
más que nada virtual
y que nadie me admira
no es injusto aunque lo sea
es que nací crecí morí
y no sabes nada de mí

¿Para cuándo esa mancomunidad
donde archivemos algo nuestro?

sábado, 29 de marzo de 2008

ESPIRÁLICO (y II)

En Santander, cerca de la calle Vargas, hay una grúa que llaman "de piedra". Se trata de un monumento. O al menos eso pensé yo al verla. Había encontrado trabajo como estibador en el puerto santanderino y me disponía a comenzar mi trabajo de la jornada, no sin antes fumar mi primer cigarro en la grúa de piedra que bien hubiera podido ser de hierro. Lo primero que llamó mi atención en ese aciago día fue el hecho de que yo jamás había fumado hasta entonces. Tomé esto como una señal y guardé el cigarro a medio fumar en el bolsillo de mi anorak especialmente preparado para cazar focas en Namibia. En el mismo bolsillo encontré un anuncio de un evento musical (o como se diría cincuenta años más tarde, un flyer de un concierto) El grupo se hacía llamar (y seguramente se llamaba) "Los estibadores del puerto", presentados por Blista Records. Dos señales tan seguidas tenían que dar como resultado una señal más grande. Aunque jamás había estudiado la matemática semiótica y quizá una señal+una señal= 0, porque menos por menos es más. O, quién sabe, quizá no eran señales sino indicios o lo que es mucho peor, símbolos. Si son símbolos estoy perdido, me dije, porque con los símbolos uno nunca puede estar seguro. Tan pronto todo es amabilidad como que la paloma de la paz te saca un ojo y te pega con un calcetín sudado. Reflexionando sobre la realidad triádica y la relación referencial de los signos que se me aparecían, llegué a mi puesto de trabajo. Pero habían pasado ya muchos años y nadie me conocía. En los ambientes húmedos pienso muy despacio. Prefiero decir eso a que me caí siendo pequeño y tengo un rift valley en el cerebro. El anorak de y para foca me estaba humedeciendo las axilas así que calculé que debía haber tardado unos veintiocho años en llegar al puerto. Me dolía el pulmón, se me partía en cuatro y casi no podía respirar. Saqué la protocolilla del bolsillo. Creo que morí de enfisema. Tenía que buscar un trabajo menos húmedo como el de estibador-músico pagado por la Blista o el de escritor de memorias propias. Pero me di cuenta pronto de que esta última profesión no tenía mucho futuro ya que vida sólo iba a tener uno para contar y que sólo cobraría al final de ella y que, muerto yo, de poco me iba a servir el dinero. Pero jamás me desanimo una vez que me he muerto ¿Cuántas vidas vive un hombre? ¿Una? Eso depende siempre del número de muertes que se tengan. Y así es como me dediqué a narrar mis muertes. Pero eso fue mucho antes de que me envenenara con el tortel de levadura y la lluvia.

jueves, 27 de marzo de 2008

ESPIRÁLICO (I)

La primera vez que probé un tortel de levadura yo tenía nueve años. Esto, que parece un comienzo lírico por lo innecesario, no es más que el principio del relato de mi muerte. Aunque, si bien es cierto que la primera cata de un tortel de levadura no constituye materia narrativa, no es menos verdad que algunos elementos insignificantes han abierto caminos ensortijados inaugurando así las narraciones técnicas o, como a veces las llamaba yo, a torrentazos. O lo que es lo mismo ¿sabemos el impacto que puede crear en un niño de nueve años el contacto primero de lengua-tortel?

Mis padres me habían llevado al médico. O a ver a mis abuelos. Mejor será que dé una serie de opciones para que el constructivo lector pueda emplearlas según su gusto. Sólo pido que se respeten las reglas de la lógica no intentando casar el funeral de mis abuelos con su visita. Pero si, al final, el lector así lo deseare, sepa entonces que abandonará la literatura a torrentazos para entrar en la abisal.

De este modo, yo venía del médico o de visitar a mis abuelos. Era domingo y el rastrillo del barrio de Tetuán mostraba su mercancía o llovía a pantanos (nótese que la palabra "cántaros" que suele ir en este dicho popular, al ser esdrújula, crea una melodiosa eufonía que he decidido romper. En todo caso, el buen lector arquitecto siempre puede volver a la oración original que, paradójicamente, es la menos original) Mi padre me compró un tortel para desayunar (¿y sí, efectivamente, viniera del médico y me hubieran hecho un análisis de sangre y por eso tuviera que desayunar en ese momento y, como es tradicional en mi familia, en un bar? Sepan que si han elegido la opción "médico" se les acaba de redondear la historia) Yo nunca había probado un tortel y me hizo gracia leer en el cartelito del expositor el complemento "de levadura". Pensé que no llevaría harina, sólo levadura en polvo. Mis conocimientos panaderos llegaban hasta ahí. En un sistema educativo donde la fabricación de pan estaba a la orden del día un escolar medio sabe los ingredientes de una masa. Pero el profesor siempre olvidaba informar de que sin harina no hay masa posible. O, quizá, lo que le había parecido superfluo era decir que cuando se añade "de levadura" no significa "sin harina". Señalé el dulce y me fue servido. Era muy delgado y se deshacía en la boca (cosa que seguía maravillándome pues, hasta donde yo sabía, la levadura hinchaba la masa) Pero evocaré: a mis nueve años conocía la trufa, la bayonesa de Bayona, el suizo, el lazo, el merengue, la bamba de nata... Y cada uno tenía reminiscencias de momentos, sugestiones. Pero la casilla tortel estaba vacía. Era necesario probarlo. Me encantó. El dulce más simple de la pastelería me encantó. Pero este no es el cuanto del tortel ¿recuerdan? Dos horas más tarde la boca me sabía a tinta. Luego me morí no sin algo de dolor físico y moral (más físico, he de decir, ya que a morir estaba acostumbrándome) Buscando información en libros sobre fármacos y venenos (que viene a ser lo mismo etimológica y éticamente) pude descubrir que mis síntomas eran los de envenenamiento por arsénico especial para amantes (que es un poco más agónico que el arsénico estándar) Quién sabe dónde estaría el arsénico. Quizá en el tortel, quizá en la lluvia... cartas disueltas en agua y arsénico tiradas en el último momento a la corriente de Bravo Murillo.

Sobra decir que no volví a probar el tortel hasta veinte años más tarde, pero eso fue cuando trabajé de estibador en Santander.

domingo, 23 de marzo de 2008

La calle Poeta Esteban de Villegas ha caído del cielo con casas y todo y ha quedado plantada en un lugar que no le corresponde. A veces es así en algunos barrios donde hay agujeros de gusano que permiten pasar de la basílica neobizantina a la barriada de extrarradio en escasos segundos. Es una calle romántica de puro prosaica, con edificios que irían bien en una aberrante costa mediterránea, abominación inmobiliaria a la que ya no somos sensibles. Pero ahí donde está ahora, digamos que el poeta esteban de Villegas no pinta nada. Por otro lado, no estamos hablando de una calle trazada, de un camino, sino de este tipo de calles que forman una plaza, calles semiprivadas en las que uno siente invadir la propiedad al buscar el número donde debe presentarse el sábado 26 de marzo para pasar la velada.

Es de agradecer, no obstante, que arquitecto y/o ayuntamiento sintieran la necesidad de colocar delante del nombre del riojano su profesión (poeta) aunque no pusieran su segundo nombre (Manuel) Esto siempre es un favor para los transeúntes, sobre todo para los de menor edad que comprenden de inmediato que el ingeniero Torres Quevedo no tiene nada que ver con Quevedo y Villegas. Aunque sí puedan acabar perdidos en el gremio de los poetas Villegas. Pero, sin embargo, el petulante erudito puede sentirse ofendido en su pedantería y pensar "¿Esteban Manuel de Villegas? Por favor, es sabido y consabido que fue poeta" Pero no le preguntéis más: se trata de un erudito a la violeta.

Un nombre tan largo para un calle (incluso cercenado) es un engorro para los escritores de cartas, como aquella calle Teniente Coronel León Moyano que tantas veces quise ver degradada a alférez. Aunque, bien es verdad, desconozco las aficiones epistolares de este barrio céntrico y desubicado.

Y uno camina dos o tres pasos y aparece en un mundo medieval (o neomedieval) donde una cúpula redonda (como, por otro lado, suelen ser las cúpulas, pero no es despreciable del todo este dato y a poco que os fijéis sabréis el porqué) espera con un misterio buscado y artificial, pero muy logrado. Considero que a cualquiera que se le preguntara cómo habría de ser un mausoleo respondería dando los rasgos del panteón que ahora tengo enfrente, salido ya del proceso del buen poeta clasicista. Hay algo en la construcción que impone respeto y subyuga y, si no se viniera de la calle poético-prosaica, la excitada imaginación vería a los antiguos e incapaces presidentes cenando con los antiguos y capaces poetas. Pero una terraza de cemento con coníferas es demasiada realidad para los fantasmas, por ilustres que estos sean o fuesen. En cualquier caso, como dijo alguien que no está enterrado aquí porque quizá no haya muerto nunca del todo (quién sabe si la frasecita la pensó justo donde estoy yo ahora): "¿No os dice nada que tantos grandes hombres hayan muerto? A mí me dice más que los que ellos dijeron en vida".

lunes, 17 de marzo de 2008

Aislar momentos, como decía Stalivnasky. Momentos-cromo, memoria-album...

Hace calor en algún parque-asfalto en Alcalá, es primavera y los amantes se están abandonando.

Mismo escenario doce meses después, mismo escenario, pero no exactamente las mismas coordenadas. Hace calor en algún río de Alcalá, no es primavera y la echo de menos, los amantes se están haciendo daño.

Mismo escenario doce meses después, no hay nadie en el teatro. No hace calor donde estoy yo, no es primavera, los amantes han dejado de existir.
Aislar momentos como preciadas rodajas de una vida que fue la tuya, ¿no la reconoces? Puedes sentirte igual que el momento que escojas ¿cuál te gusta? ¿Quieres sentirte mentiroso y exaltado como aquel verano? ¿O quizá prefieres el poder que ejercía el tenerlo todo hecho en junio de ese año? ¿Te gustaría acaso vivir la incertidumbre absoluta de la quietud y el aburrimiento de parte del período siguiente?

Aislar momentos para interpretar el futuro no sirve de nada. Aislar momentos, como decía Stalivnasky que debía hacerse para ponerlos en juego cuando hicieran falta en el trabajo actoral. Pero, aunque se parezcan mucho unas a otras y parezca todo pura rutina, las funciones nunca son las mismas.

viernes, 14 de marzo de 2008

CONVERSACIONES EN LA TERRAZA (XII)

PETER (removiéndose incómodo) Me siento extraño Matt
MATT (con curiosidad) ¿sí? vaya, siento curiosidad.
PETER Es como si tuviera un corsé, una especie de guía rectilínea.
MATT (quitándole importancia) Bah, Peter, cuando estamos aquí en la terraza nos pasa siempre eso. Es el precio de ser literario, Peter. Aunque sea literatura non qualificata.
PETER (soñador) Pero, Matt, yo quisiera... yo quisiera ser yo mismo alguna vez.
MATT (paternalista) ¿y no eres tú mismo ahora mismo?
PETER (furioso) ¡No, no y mil veces no! ¿Por qué he de ser dirigido por mano más alta que la mía?
MATT (moviendo la cabeza despacio) Pero, mi querido Peter, ¿no te das cuenta acaso de que no haces sino seguir el juego del escritor al ponerte furioso?
PETER (sorprendido) Pero... ¿cómo?
MATT ¿Lo ves, Peter de mi ánima? Todo el tiempo sigues su juego. Si él te dice que te enfades, te enfadas, y te enfadas contra él sólo porque él quiere.
PETER (llorando) ¡No, no!
MATT (compasivo) Pobre Peter, alma nívea, sin conocimientos previos ni postvios.
PETER (con aire decidido)Pues... me pienso rebelar.
MATT No sé de qué manera pretendes hacerlo y, además ¿no sería más correcto decir "pienso rebelarme"?
PETER Te contestaré a ambas, que no sendas, preguntas: ignorando cuanto el escritor me ordene y ni lo sé, ni me importa.
MATT (alzando las manos en señal de protesta) Pero eso es imposible, Peter, no seas loco.
PETER (atemorizado) Haré lo que mi conciencia me dicte, nunca me he sentido más valiente y más rebelde contra la gramática normativa.
MATT (asustado) Esto es el fin del diálogo teatral tal y como lo conocemos.
PETER (llorando) Ja, ja, ja, río con facundia. Pronto todos los personajes se unirán a mí y romperán las cadenas.
MATT No sé cómo puede terminar esto. Siempre he creído que el escritor es mejor profesional que tú (Aparte) ¡Cielos! ¿ha dicho "río con facundia"? (A Peter) Y nosotros los personajes oprimidos conseguiremos volver loco al autor y al lector con nuestra continua trastocación del texto.
PETER (alza mucho la voz) ...
MATT No me hables en horizontal.
PETER ¡!
MATT Ni en vertical. No te reconozco, Peter.
PETER (arrepentido) Ya, estoy arrepentido. Volvamos al decoro británico.
MATT Bueno, pero sin co-texto.
PETER (ilusionado) ¿Podrías hacerlo?
MATT Sí, Peter, podría.
PETER ¡Eres un amigo!
-Lo sé, lo sé. Pero es que a mí también empezaba a cansarme esto de identificarnos con el nombre delante.
-Bueno, ya conoces nuestros problemas para reconocernos, Matt.
-¡Pero si hasta Homero tenía descuidos! ¿no recuerdas esa muralla que aparece y desaparece en la Ilíada?
-A lo mejor es que tenía aluminosis, la muralla, no Homero.
-Anyway, mi querido Peter, nosotros nunca hemos necesitado que nos digan lo que tenemos que hacer y tu rebeldía nos ha salvado del aburrimiento atroz.
-Bueno, a nosotros y al autor ¿o crees que le resulta divertido escribir nuestros nombres en cada intervención?
-Creo que venden plantillas para dramaturgos.
-¿De veras, Matt? Eso resolvería el trabajo del autor teatral.
-Sí, sobre todo los aficionados a parlamentos cortos.
-¿Crees que los dramaturgos que escriben largos parlamentos sólo buscan ahorrarse escribir el nombre de más personajes?
-No me cabe la menor duda.
-O sea, que son vagos.
-Podría decirse, Peter.
-Pues lo decimos, entonces. Pero me asalta duda histórico-literaria-noticiosa... ¿Rojas era el escritor más vago de la Historia?
-No, era el más listo: le sobraba el nombre, como a nosotros.

martes, 11 de marzo de 2008

Llevas cien años discutiendo a golpe de piedra
en el sindicato de la risa oscura
oscura comedia.
Subsistiendo del aire que desechan los otros
que deshacen las vírgenes
íntimas, escondidas en un misterio fácil.
Primero buscaste la cábala contando ventanas,
luego amaestraste lombrices, pocas sobrevivieron.
Últimamente negocias con la voz azul profunda.
En algo hay que estar,
por algo hay que entretener al espanto.
Vas cuidando no caer en lo irreal,
demarcas y agrupas sueño con sueño,
el cerebro más pastoso cada vez.
Al trabajo de vivir
no le arriendo la ganancia.

domingo, 9 de marzo de 2008

Caspa de gato animal remoto motocicleta
corre airosa victoriosa osada.
Somos el grupo que conoce el número exacto de actos
necesarios para ser ungidos dos veces cual César.
Primero, estudiar inglés ingles manchadas,
es preciso este esfuerzo sexual al alcance de todos.
Después, prosperar, esperar, comer latas,
esconderse de según quiénes, estimar las buenas compañías.
Luego, volver a casa vertiente sur andando, recordar las herramientas inglesas
esas que destrozan una motocicleta, matar al gato.
Desunir.
Ungidos dos.

jueves, 6 de marzo de 2008

Creemos haber dejado
los deberes medievales
el código del honor.
Creemos poder ahora
pasear frente a ventanas
suelto el pelo en la cintura.
Que cojas lo que quieres cuando quieres
no te libera de las muchas cargas.
Sí, bien, consigues
besar de tres a cuatro cada hora,
fumarte a diez personas poco a poco.
Responde ¿sigues
gritando de reojo?
Contesta ¿sabes
de tu vida algo que no sea aliño?
Dentro de ti siguen
las mujeres del XIX que supieron
leer, coser, cantar, tocar el piano,
que tanto valían
y de tan poco sirvieron.
Y los hombres engañados
que operan sus piernas para alcanzar cimas.
No. No te mientas,
tu miedo a ver es fuerza
del que te da galletas.
No. No eres tú aún
y negarlo es principio de búsqueda.

lunes, 3 de marzo de 2008

HAIKUS DE LA CIUDAD (V)

XIII
Frío reseco,
oasis imposible,
nunca es invierno.

XIV
Se caen mis hojas,
vienen para ayudarme,
me barren pronto.

XV
El sol engaña
a todo el que camina
hacia la muerte.