lunes, 28 de abril de 2008

EL SUICIDA IRRESPONSABLE

Todos menos yo tenéis la culpa
Homer Simpson


Ahí estaba, en la avenida Pablo Iglesias con veinte coches saltándose los semáforos. "¿Y si salto?" Si salto se acaba el hambre en mi estómago, es más, se acaba el hambre en el mundo, y las raquetas de tenis caras, y el nombre de mi enemigo en la lista de admitidos, y las armas nucleares, y los gritos, y las guerras... Se acaba todo lo malo. Y el coche tendrá la culpa.

Y cruza la avenida y sigue andando y atendiendo a la vieja anciana que le pregunta por el Instituto Geominero, que tiene allí un sobrino al que quiere ir a ver. "¿Y si la mato?" Si la mato, me meten en la cárcel y no se acaba el hambre en el mundo, pero sí el hambre en mi estómago y el nombre de mi enemigo en la lista de admitidos, porque nadie necesita un trabajo estando en la cárcel, no se necesita ni rehabilitación. Y la vieja anciana tendrá la culpa.

Y llega hasta Ríos Rosas y deposita a la vieja anciana en el Instituto Geominero. "¿Y si pongo una bomba inmolante y, cosecuentemente, me inmolo?" Si la pongo saltarán las piedras del edificio y los frescos de las paredes y los frescos minerales aparecerán en el Canal y todo se manchará de carbón y se acabarán, al menos para mí, las guerras a pedradas. Y el muestrario geominero tendrá la culpa.

"Sea como sea", se dice el suicida irresponsable, "he de morir sin ser yo el responsable de mi muerte y no convertirme en suicida, sino en asesinado por las circunstancias."

lunes, 21 de abril de 2008

SABADICO

Sabadico sádico de soledad y mañana nocturnera. Aburrimiento de madrugón y programa-acción. Todavía preparamos comida de invierno (¿hasta cuándo, cocineros, abusaréis de nuestra paciencia?) El sol necesita un buen almuerzo, yo no. ¿He desayunado? Sí, he desayunado. Ayer todo era cerca. Os quiero, me quiero. Creo que la línea de mi cuello (pausa para que rime con "quiero") es como los niños que nacen: perfecto todo. Alguien silba. Si quiero me quedo seria (que me dejéis, he dicho) y ausente (o eso creéis, que os veo, que os veo) y si quiero me río con una compulsión digna de un cortometraje. Y si no quiero nada, nada hago. Menuda soy, aunque yo no me lo crea.

viernes, 18 de abril de 2008

CONVERSACIONES EN LA TERRAZA (XIII)

-Estaba pensando, mi buen amigo Matt...
-¿Novedades, Peter?
-Pensar siempre es una novedad en estos tiempos que vuelan.
-Cierto, pensar es algo que en ti no cuadra.
-Quizá esquine, mi querídísimo Matt.
-Quizá, yo de geometría no sé mucho.
-A pesar de la cuadratura de los sellos que coleccionas.
-Pero, oh, Peter jovial, los sellos no son cuadrados ¿o no ves acaso sus dientes?
-Eso son estudios de segundo ciclo, por lo menos.
-En efecto, la odontología filatélica no es apta para legos. Y, quisiera saber, al decir que pensabas ¿quizás querías comunicarme tu pensamiento?
-Así era, Matt.
-Corriente, Peter, te escucho.
-Estaba pensando en dedicarme al teatro clásico.
-Oh, maravilloso, Jonson, Marlowe...
-Pero ¡no!, en el nombre de God, me dedicaré al teatro clásico que dé dinero.
-¡Aaaah! Andrew Lloyd Weber, Benny Anderson y este que compuso Tommy que era de un grupo que se llamaba... ¿cómo se llamaba?
-Who
-El que compuso Tommy
-Who
-El que compuso Tommy
-Who
-Me mareas, Pete.
-¿Yo?
-No, Pete Towshend.
-¿El de los Who?
-El de los Quien.
-¿Quién?
-Pete Towsend.

-Qué gran momento, Matt.
-¿Cuál?
-Querrás decir "quién". En todo caso, no sé si triunfará lo que quiero hacer.
-Peter inocente como lobo de la cumbre: si ha triunfado la historia de unos gatos pulgosos, todo puede triunfar.
-Yo había pensado una trama más violenta sobre hámsters.
-Interesante...
-Pero creo que sólo pueda interesar a un grupo germanófilo.
-Hásmters... No suena nada mal.
-Oh, y qué números musicales, Matt.
-Pero, ¿y por qué no el cine?
-Lo veo, Matt, lo veo... aunque desconozco a las grandes estrellas del cine clásico.
-Entiendo, Peter, ya no se hacen películas como antes... Karate kid, Porkys... ¿Qué se fizo de las artes?
-El cine es un río que va a parar a la mar.
-Skys, Peter. Has aspirado mucho aire subterráneo.
-Hagamos una película de hámsters en el metro.
-Eso ya está hecho.
-Pero, maldición, quién, quién...
-Wagner.
-Ay, cómo le odio (y ahora echo rayos por los ojos)
-Sí, eso nos viene por genealogía, Peter, ya Sócrates condenó duramente la obra wagneriana.
-Si la gente supiera...
-Si la gente supiera, mi queridísimo Peter, no iría a ver Cats.
-¿Y vendrían a ver mi Hámsters?
-No, por cierto, pero saldrían de esta edad blanda que dura (paradoja de texturas) ya dos siglos a ritmo de...
-...hombres que cantan y bailan dramáticamente mientras tuestan pan...
-...y, sin embargo, mueren...
-...y matan...
-...con las canciones de Anny-Frid, Benny, Björn y Agnetha.
-Una vergüenza.
-La que tienen ellos, mi buen amigo Peter, al salir a escena.

martes, 15 de abril de 2008

ALERGÍA (QUE CUNDA LA)

Me das alergía tú y el paladar se me pone picante.
Llueve y suben las temperaturas de los álamos popleros y güindosos.
¡Archís! Vos del siglo XII que te dicen "pues se xode" o "le fodo por quarenta moravedíes"
Alergía si miras al sol membrillero sombrillero y ¿sabe usted, joven? yo soy viuda y me han subido la pensión pero nunca lo suficiente si es que este [PÓNGASE AQUÍ AL MINISTRO DE TURNO SEA CUAL SEA SU CONDICIÓN Y GRADO] no nos da ni para comprarnos las litronas ni las sardinas del gato.
Y otro estornudo. Y otro. ¿Y si fuera el polvo de los archís-vos? No, es el polvo de los libros de cuentos infantiles.
Eh, tú niño, venga, rápido, no te agobies, pero venga, dime lo que quiero oír ¿que no lo sabes? calamidad, calamidad.
Qué alerge estoy. ¿No alerge tú? Pero bueno, mira qué día hace y mañana moriremos. No, la viuda no se muere, no se morirá nunca, seguirá creando crisis de gobierno tras crisis de gobierno, flagelando a todos los gabinetes. Pero, ahora, que cunda la alergía.

domingo, 13 de abril de 2008

¿HABÍA USTED PEDIDO UNA RACIÓN DE REALIDAD?



Andaba yo ilusionada con una excusión granja-escolar. La unión de las dos palabras resume, así de forma brevísima, las dos partes de mi vida. O de lo que podía haber sido mi vida si, al final, me hubiera dejado llevar de la mano de Ceres, pero acabé siendo profe.

Así que allí nos íbamos felices y adormilados (algunos habíamos dormido 6 horas, los niños bastante menos) hacia Boadilla, donde nos esperaba la "granja-escuela" Bien entrecomillado está, ya que, al bajar del autobús, nos encontramos con que es un club de campo y de hípica para pijos (o sea, no es un falso antro, ¡es un antro!) 

Nos reciben tres monitores energúmenos: Hitler-de-Carabanchel, la Tonta y la Imbécil. Hitler hace que nuestros 31 niños se coloquen en una pared-paredón y les advierte que, si se portan mal, serán castigados. La Tonta no hace más que pegarles silbidos a los críos, como si fueran ganado y la Imbécil les hace todo tipo de recomendaciones estúpidas: no os echéis agua, no corráis, no gritéis... ("esto no se toca niño, con esto no se juega, dame, quita los pies de la mesa, en el sofá no se come, en el salón no se juega..."

Mis 7 alumnos tienen entre 10 y 14 años y están descubriendo el amor (¡cómo viene abril!) lo están descubriendo a base de darse de hostias. Pero la Imbécil no ha comprendido esto y no hace más que echarles la bronca (a gritos). El resto de mis compañeros y yo estamos alucinando. Hitlet-de-Carabanchel se está desgañitando y se dedica a meter prisa a los niños "¡veeeengaaaaaa!, que no nos da tiempo" Pero ¿tiempo a qué? Si no estáis enseñando nada a los niños. Todas las actividades son contemplativas: "mira, un conejo, no lo toques", "mira, una encina, no cojas nada" 

Mis compañeros y yo decidimos actuar y empezar a enseñar cosas a nuestros niños, todo con discreción de cristiano en sus inicios, no vaya a ser que nos pongan en el paredón otra vez. 

Cuando Hitler-de-Carabanchel no nos oye les contamos cómo es el estómago de una vaca, pero cuando se acerca damos silbiditos y miramos al cielo. 

Oigo como la Tonta asegura que le encanta el campo ¿qué campo? Nos han llevado a dar un paseo por el medio de unos chaletes. De pronto me imagino a Hitler-de-Carabanchel hablando con sus amiguitas del barrio y diciendo "sí, yo trabajo con niños en medio de la naturaleza, amo a todos los seres vivos, dejad que los niños se acerquen a mí". 

Uno de los grandes momentos del espectáculo se da en cuanto encierran a los chavales en una habitación sin nada que hacer... 31 fieras aburridas y renegadas (muertas de hambre, además) metidas en un gimnasio donde no se puede gritar, ni pegar patadas a los balones, ni subir por la escalera, ni tocar nada. Ideal de juego dieciochesco. Mi alumna me dice que Hitler-de-Carabanchel está muy bueno. Psseeee, ella tiene catorce años y no entiende que el tío la está tratando como a un perro.

Tras un día estúpido de aburrimiento llega la actividad estrella: montar a caballo. Nada de lady Godiva y su melena al viento, pero algo es algo. Se hace una fila y, por turnos, van subiendo al caballo y, tras dos vueltas, se bajan. Los adolescentes siguen ligando a pedradas, así que me los llevo a jugar a un pañuelo y les interrogo sobre lo que van a hacer esa tarde de sábado.

Si quería realidad, ahí la tengo. Un buen día, porque siempre me gusta pasar tiempo con mi chicos. Un buen día, porque salí pensando que era la mejor monitora del mundo comparada con esos tres esquizofrénicos berreantes. Un buen día, porque he aprendido muchas cosas y he tocado tierra. Un mal día, porque casi todas las actividades para niños y adolescentes están llevadas por un cualquiera de esos que afirma que hace falta mano dura. Aunque ese cualquiera tenga apenas 25 años y no le hayan dado una hostia en su vida. Un mal día, porque esas actividades se desarrollan en lugares donde sólo se mira la velocidad de acción y que los chicos no molesten al resto de usuarios (pijos). 

Conclusión: en verano nos vamos a ir al puerto de la Morcuera en plan freelance, porque juegos nosotros nos sabemos mil. Y respetamos nuestra salud mental y la de nuestros chavales.

Esos locos bajitos - Joan Manuel Serrat

viernes, 11 de abril de 2008

No me encuentro bien. Y no es un drama, porque no tengo ningún dolor, en realidad, ni físico, ni psíquico. Lo que sí tengo es la cabeza como acorchada. Creo que leo demasiado. Y me paso el día entre cosas que no son apenas reales. Y eso tiene que pasar factura, pensando siempre en el sexo de los ángeles e identificándome con personas que jamás existieron, que son personajes. Y pensando, pensando. Así que creo que estoy un poco enferma, sólo un poco, y que necesito descansar y poner los pies en la tierra porque creo que, en cualquier momento, me voy a desintegrar o voy a terminar en un mundo ficticio. A ver si encuentro un asidero porque la irrealidad se está apoderando de todo y, aunque soy consciente de ello, ni sé hasta cuándo durará, ni entiendo cómo salir de esto. Un ancla a lo real... por fangoso que sea.

miércoles, 9 de abril de 2008

ANTIESTOCOLMO

En el cuarto en el que me tenían cabía tumbado, pero no de pie. Me daban pocas proteínas para comer. Eso es algo que, estando secuestrado, no es que me importara, pero la deformación profesional de nutricionista y la locura del encierro no hacía más que repetirme que estaba ingiriendo muy pocas proteínas. Me aburría. Creo que es el peor de los castigos: la inactividad perpetua. Caminaba en cuclillas, pensaba y, a veces, tocaba ritmos en la puerta metálica del chiscón donde estaba encerrado. Pero siempre lo hacía muy bajito, no fuera a ser que enfadara a los jefes. Hasta que me cansé. Además de un buen nutricionista, soy un gran psicólogo y, sobre todo, un tocapelotas. Temiendo caer en la identificación con mis secuestradores (o síndorme de Estocolmo) y en un desesperado intento de que me soltaran o, al menos, de no hacerles grata mi estancia-secuestro, decidí ponerme lo más pesado posible. Golpeaba con fuerza la puerta, le daba patadas durante horas. A veces bajaba el jefe, siempre encapuchado y me decía:

-Bueno, tú, ya está bien.

Yo bajaba los ojos compungido y pidiendo perdón, pero en cuanto se iba me ponía a cantar (y no soy buen cantante) las canciones más estrepitosas que se me ocurrían:

-¡¡¡Ai guant tu brik friiiiiiiiiiiii!!! -decía yo a grito pelado esperando la ira secuestradora.

Si tardaban en bajar arremetía con más ahínco y peor gusto:

-En el andeeeeeén del corazoooooón -que, para más inri, no me la sabía.

Ahora pienso que tuvieron mucha suerte de que Don Omar aún no hubiera tenido éxito por aquellos años en que me hallaba yo privado de mi libertad.

El caso es que terminaban por bajar a mi cuartucho y me pegaban. Pero yo seguí metiendo el barreno del tocapelotismo. En parte, eso me salvó de acabar loco, porque pensando nuevas formas de molestar a mis secuestradores se me iban las horas volando. "¿Canto alguna de Manolo Escobar?", me preguntaba a mí mismo "¿Les recito las mejores recetas de mi abuela?" Todo era armar escándalo, torturar con el ruido y la furia. Cuando se me acababan los recursos y me callaba sé que también les torturaba en ese impás de silencio porque temían que empezara de nuevo.

Un día de tormentoso orfeón uno de ellos no pudo soportarlo más y bajó precipitadamente a mi trastero. Abriendo la puerta de un golpe vi su cara cubierta con una bolsa de un supermercado con logotipo amarillo y verde a la que le había hecho un agujero para poder ver, con tan mala suerte que se le veía toda la cara. No había encontrado su pasamontañas. O quizá las altas temperaturas de julio estaban cambiando sus costumbres. Mi amigo con pinta de astronauta de barrio bramó:

-¡Que te calles ya, hostias!

Me quedé parado de la impresión de verle así tan airado con la bolsa por la cabeza y no pude más que pensar en si era correcto eso de decir la hostia en plural. Salí del ensueño rápido:

-Y si no me callo, ¿qué? ¿Me vas a matar? Pues mátame, cabrón, no se puede vivir con tan pocas proteínas -y eso se lo dije escupiéndole, porque era verdad que me dolía sobremanera las carencias alimentarias.

-No me cabrees, que tú no me conoces.

-Ni tú a mí -le dije y, sonriendo, añadí -aún no os he cantado ni la mitad de canciones que conozco.

El secuestrador puso una mirada calibradora por si era un farol, (que lo era, pero eso él no lo sabía) En su ensimismamiento no vio cómo me acercaba hacia él. Puede ser que no lo viera porque la bolsa se le estaba girando y le tapaba un ojo. Pero me acerqué y le di un rodillazo en la entrepierna (parecido al que mi hijo solía darme cuando me mostraba el cuarto kata que le habían enseñado, ahí decidí que iba a apuntar a mi hijo a violín, pero esa es otra historia) El secuestrador se quedó encogido en el suelo y masculló:

-Hi... jode... pu... ta...

Ni le miré, ya estaba subiendo por la escalera de hierro forjado que sabía comunicaba con el exterior. Pero dijo algo más:

-Te odio.

Yo me volví y le dije chulesco:

-Es mutuo... majo.

domingo, 6 de abril de 2008

Yo metía la cabeza por debajo de su jersey que siempre era el mismo: fino, marrón, viejo y ancho (y me alegro de la libertad en el orden de adjetivos del español donde, si quiero, digo primero que el jersey era ancho o marrón y después si era fino o viejo) Posiblemente siempre que nos veíamos ambos llevábamos las mismas ropas. Digamos que se llamaba César. Sus manos siempre aparecían blancas de tiza. Dentera (siempre me ha dado repelús el polvillo de la tiza. Las manos se me quedan suaves y tirantes y me pican y la piel estornuda como puede y yo me paralizo) Lucía una barba de tres días imposible. Imposible porque el estado del vello siempre estaba en el estadío "tercer día". Nunca crecía más y nunca había menos. Pensé que no se afeitaría con cuchilla, pero no sé mucho de estas labores. Al final ser mujer sólo me sirve para ser ignorante en ciertas cosas y no más sabia en otras. La barba le daba un aspecto de cowboy, aunque el cuadro lo rompía su mirada y su sonrisa. Además, siempre me inspiran confianza las personas con pelo castaño claro, como él lo tenía.


Yo le metía la cabeza bajo su jersey mientras él escribía en la pizarra. Así que había dos César (digamos César): uno en la pizarra manchándose las manos hasta, paradójicamente, el codo, que conservaba el jersey pegado al cuerpo; y otro en mi cabeza con el jersey medio levantado y mi cabeza dentro respirando aire caliente y sin ningún aroma (porque mi cebrebro aún no era competente en creación de ambientes y sólo podía recrear dos elementos sensoriales cada vez) El , digamos, César de la pizarra estaba serio y concentrado moviendo la muñeca con giros de noria y nevándose encima. Hablaba despacio y, curiosamente, atropellado. Iba explicando palabra por palabra lentamente pero, llegados ciertos momentos, las palabras que debieran ir al principio de las oraciones aparecían al final como un juego de trileros. Por no hablar de sus tautologías: "hay que hacerlo de forma breve, brevemente" Justo cuando se atoraba en alguna era cuando yo difuminaba al de la pizarra y descorría el telón de mi mente para meter mi cabeza bajo su jersey. Ahí, en este drama, él sonreía más. Sonreía como se sonríe a los niños, como perdonándome, calamidad, la travesura bajo su jersey. Pero, indudablemente, sus manos seguían llenas de tiza. Y eso me daba tanta dentera que el jersey se volvía de acero y me cortaba la cabeza. O al menos, la imaginación.

viernes, 4 de abril de 2008

CANTOS RODADOS (I)

1. Todo el dinero se me va en vivir, pero encuentro muchas ofertas.

2. Hospital de campaña: hospital inaugurado en época electoral.

3. Quería llegar alto. Cuando se quedó sin alas, sin embargo, sintió un gran alivio.

jueves, 3 de abril de 2008

Un poema muy antiguo


Mayo es el mes de los treinta grados.
Los sentimientos aún son nuevos,
más tarde serán un saldo,
y las historias recomienzan
sin respetar su final
ni discriminarlo.

Mayo es el mes de los treinta grados
y cuecen a fuego lento
ojos y labios
atemporales.

Mayo es un mes sin reflejos,
sin pereza ni actividad
para que limpies y manches
y peques y no perdones.