viernes, 27 de marzo de 2009

Cuando hacía cosas de mayores se sentía pequeña de cuerpo y mente. La única manera que tenía de sentirse adulta era jugando como niños, con la inocencia de los niños, sin las consecuencias de ser adulto.

Se le presentaba la realidad fragmentada aquella mañana. Ella, con su caracter de testigo que no quiere vivir nada por su cuento evitando así un dolor mayor, se apoyaba en la pared con los ojos fijos en el puzzle del mundo. Alguien estornudó a su lado y todo se compuso sacándola de su ensueño, clavándole una espina en el corazón, haciéndola vivir. La imaginación había muerto y el mundo volvía a ser lo que era: un motor gripado.
Echó a andar, pues aún tenía que llegar a todas sus obligaciones, pero siempre retrasaba la llegada contemplando cualquier cosa para verle el envés y no verse a sí misma. La inundaba un profundo escepticismo y no se fiaba nunca de, pongamos por caso, la empresa del caracol que subía por el barrote rojo de la valla del colegio. Y en esas, pasaba a pensar que "valla" había de llamarse así por ser el cercado de los valles. Así se iba reconciliando consigo misma, adulta irresponsable. "Ver", se decía "no es tan fácil, no señor". Y otras veces afirmaba entre sí "soy la mitad de todo y eso me salva".
Aquella mañana fragmentada en mente y fundida por la realidad, caminaba bajo los mismos ladrillos y sillares de siempre. "Si yo hubiera nacido en una ciudad más monumental", pensó entonces "podría narrarme paseando por junto a tapias identificables y famosas". Y, parándose a tocar la puerta metálica por donde el carnicero entraba la mercancía, se preguntó si a ese medio ser no le convendrían más las puertas anónimas, las puertas infantiles que no echaban la culpa de nada a nadie.

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