viernes, 6 de marzo de 2009

Prometeo va al trabajo doce horas
y sus pies han crecido en los años futuros.
Limpia sus uñas cortas hace tiempo de la tierra lejos.
Alpiste de águila en su pecho.
Y ya no se pregunta en qué se ha equivocado.

4 comentarios:

Adolfo González dijo...

Buenas! Sólo he leído con detenimiento estos dos últimos poemas que tienes puestos aquí, pero la verdad es que me ha gustado mucho, me han parecido auténticos y originales, así que volveré a entrar otro día. Un saludo.

Andrés Rivas Santos dijo...

Eso de pagar por los errores de otros es de lo más irritante. Pero más aún lo es dejar de preguntarse cosas, las que sean, especialmente cuando atañen a la vida propia.

Gloria dijo...

he ahí el drama: el de dejar de preguntarse porque ya no tiene sentido o no se tienen fuerzas.

Y, oye, ¿qué pasa si los errores son propios?

Andrés Rivas Santos dijo...

Pues es que a veces, con el paso del tiempo, uno sigue pagando por errores propios que ya no lo parecen tanto (igual es que ni lo son) del mismo modo que uno ya no se parece al que era. En todo caso, pagar por los errores cometidos, en tanto que aleccionante, puede ser también bastante higiénico.