viernes, 26 de junio de 2009

HIPOTÁLAMO CONSCIENTE

Cuánta piel vendida llevas, ramera de la cuneta,
y qué poca alma comprada.
Será la esquizofrenia femenina
o quizá del ser humano:
ser fiel a todos y a sí mismo.
Sacarías tus ojos o romperías tu cara
en cada espejo que te señala culpable.
Y al final qué si eres una estatua griega.
Una idea tonta, básica y poco original,
pero sencilla y apetecible:
ser buena, ser buena.
Culpas a los actores de tu infancia
por no hablarte de tu belleza, si es que existía,
condenándote al intelectualismo de rescate.
Les culpas a ellos de tu fatalismo de ahora,
de tus poses de sombra,
de tu sombra de ojos,
de la tóxica necesidad de amor cambiante,
de adoradores expertos que te convenzan,
hipotálamo consciente, hipotálamo que sabe.
Y esa paz, la conoces, esa paz de ser quien eres,
dejar de ser el circo ambulante
que regala entradas a los hombres atractivos
y a alguna mujer de piel blanca,
dejar de hacer apuestas,
dejar de ganarlas todas
quedándote desnuda en cualquier puerta,
hipotálamo que sabe, hipotálamo consciente.
Si se pudiera eliminar de la cabeza
algunos pensamientos corrosivos
que dan goce un segundo
y un siglo de agujeros...
Y la idea permanece
tonta, básica, apetecible:
ser más buena, al fin ser buena.

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