viernes, 5 de junio de 2009

LA ANILLA

Un cuento largo para los que aún tienen tiempo para leer y, quizá, disfrutar
I
En el paseo de la Reina Victoria, en Madrid, hay un bulevar y dos fruterías enfrentadas (que no opuestas, ni rivales) Una de ellas abre antes de las nueve de la mañana y pone coles de Bruselas y setas a la vista de los transeúntes que van siempre con prisa. Pero esto sólo sucede en otoño, lo de las setas. El resto permanece desde hace años. En el paseo de la Reina Victoria, en Madrid, hay un bar con barra de mármol, nada original, donde a las seis de la tarde una pareja de novios beben sendas cervezas. A ella le gusta esa calle porque tiene un bulevar y siempre dice que se parece a París, aunque nunca ha estado allí, pero, quizá, con un presentimiento platónico, ella reconoce París en el paseo, en sus casas de ladrillo, en su hospital y sus clínicas, en su cielos gris abierto, en sus fruterías, en sus acordeonistas. Él sí conoce París y sabe que allí no hay acordeonistas y los puestos más comunes no son de fruta, sino de ostras. Ella y él son novios y se quieren como se quieren los novios. Nos acercamos cinematográficamente a la barra de mármol donde ella está acodada y él apoya sólo un brazo, el izquierdo quedando frente a ella. Ella no le mira, parece cansada, pero yo sólo soy el narrador y no sé si realmente está cansada, así que lo mejor es que hagamos silencio y escuchemos para enterarnos de estas y muchas otras cosas. Antes diré que él ha encontrado una anilla, brillante, redonda, encima de la barra.

-Mira -dice él -un anillo de boda. Y le toma la mano izquierda, la que queda más cerca de él y le coloca la anilla en su dedo anular. Se lo coloca en ese dedo porque ella lo levanta un poco, él pensaba ponérselo en el corazón, ya que el corazón es, según él, el dedo del amor. Ella mira sin interés su mano izquierda y afirma con aire de superioridad:

-Es en la mano derecha, tonto -y se ríe un poco.

-¿Qué más da? -dice él cambiando de postura, mirando hacia dentro de la barra y dejando de mirarla a ella.

- Bueno, en la izquierda se pone el de compromiso y eso. Pero bueno, esto me está grande, anyway -y ella, que siempre suele terminar con algún extranjerismo sus speech le devuelve la anilla a su novio.

-¡No! -se queja él con tono lastimero -. Quédatelo, no seas…

-Anda, anda, que luego me aparecen en los bolsillos, los tengo siempre llenos de mierda y me salen con los clínex llenos de mocos siempre en el momento más inoportuno.

Él se ríe y le da un empujoncito. Coge la anilla y, sin que ella se dé cuenta, la mete en el bolsillo del abrigo de su novia que ésta tiene sobre la barra.

II

Ángela sabe que va a llegar tarde y mete a toda prisa sus cosas en su cartera. Corre por el paseo de la Reina Victoria, que le recuerda a París recordándonos a nosotros que ya la conocemos, y, efectivamente, llega tarde a la clínica en la que trabaja de enfermera. Mireya, su compañera, a la que no considera amiga, sobre todo porque le dice cosas como “alma de cántaro”, “tonta” o “pesada”, la está esperando con ojos nerviosos que van del reloj a la puerta de la puerta a todo el que quiera escuchar que ella ya se tenía que haber ido. Ángela llega, se disculpa, se sienta, descansa, se acuerda de que tendría que respirar, respira, se mete las manos en los bolsillos del abrigo y toca algo frío que, al principio le recuerda a los dedales que su madre usaba para coser. Cuando va a sacarlo para ver de qué se trata se contiene. Decide que puede tener unos minutos de misterio en su vida intentando descifrar qué es esa cosa circular, fría (lo que hace pensar que es metálico) Por fin cae: la anilla con la que Raúl estaba jugando ayer. Se sonríe y la saca de su bolsillo. Es una anilla como de un llavero. Es un bonito recuerdo de su novio, qué tonto (y aquí una serie de pensamientos íntimos que vamos a respetarle a Ángela) De pronto piensa que puede ser divertido devolvérsela sin que se dé cuenta y así él también tendrá un recuerdo suyo. Se pone a pensar cuándo sería el mejor momento y dónde podría dejársela. De entre las tinieblas del recuerdo sale un cuadro pintado con técnica puntillista. Es ella dejándole a su novio notas debajo de la almohada. Eso era antes de vivir juntos, cuando iba a verle a la casa donde vivía con sus padres. Le dejaba mensajes tontos, pero que siempre lo ilusionaban. Eran otros tiempos. Tiempos del puntillismo y del detallismo. Podría decirse que ahora la anilla, si estuviera animada y tuviera conciencia de sus actos, brillaría con un relámpago de esperanza, de posibilidad, de renacimiento.

Mireya pasó al marcharse y le gritó:

-¿No vas a quitarte el abrigo? Menudo pasmarote, madre mía, yo es que así… -y siguió hablando sola muchos metros más.

III

Una casa es una casa, pero no siempre es un hogar, al menos eso decía una canción soul y esa sensación tenía Raúl en su casa y eso que llevaban ya viviendo allí más de tres años. Pero nunca acababa de estar todo olraig, que diría Ángela. Y como no estaba olraig, todo cambiaba cada dos semanas. Raúl sabía que Ángela adoraba los cambios. Es más, sabía que, más que adorarlos, los necesitaba en su vida. Qué carácter, Dios mío, qué carácter complicado y difícil tiene esta chica.

Para su desgracia Raúl trabajaba en casa. En el alambre, decía el padre de Ángela. En algo raro, decía su propia madre. En algo, se decía él mismo. El caso es que trabajaba y su lugar de trabajo era su casa. Esto le traía complicaciones emotivo-formales. Si bien no había conocido un atasco desde hacía tres años, ni un empujón en el metro, ni una huelga de autobuses, también se había perdido el auge y caída de algunos diarios gratuitos, los temas de actualidad candente en materia de conversaciones vacías en el ascensor y alguna que otra actividad humana. En una palabra: echaba de menos el mundo de ahí fuera (ok, eso son ocho palabras) Oía cómo Ángela se quejaba de sus carreras por las aceras, de los relojes que se paraban y aceleraban a su antojo, lo mismo que el metro que un buen día se paraba en una estación, como si el conductor estuviera charlando con una chica guapa en un semáforo, y otras la amable voz de perfecta dicción se equivocaba y se adelantaba a las estaciones y cuando creías llegar a Guzmán el bueno, aún estabas en Avenida de América. También Ángela estaba aburrida del tráfico, la contaminación, el ruido, la gente con cara de estatua… Pero Raúl soñaba con esa amable voz del metro recitándole en el oído estación tras estación, sudaba recordando Alonso Martínez en sus tímpanos, volaba aspirando el denso humo de Madrid en invierno… Odiaba su casa, su falso hogar en las afueras y se daba perfecta cuenta de la ironía que era vivir allí por Ángela y que ella nunca estuviera en casa, mientras que él era la vecina-portera al que todos recurrían cuando pasaba algo en el edificio porque sabían que siempre estaba allí.

Se sentó a trabajar (“en algo”) Abrió el cajón donde guardabas sus útiles y la vio allí, a ella, a la de metal y a la de carne también, al amor hecho de metal barato. Suspiró y se reconcilió con la casa y con su algo mientras cogía con dos dedos la anilla que Ángela le había dejado allí con una nota donde lo insultaba más enamorada que nunca.

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