sábado, 27 de junio de 2009

UN PROFESIONAL

Aquello estaba tranquilo como burdel al mediodía. Aún así no se inquietó porque en sus tres años de manifestante profesional había aprendido que, a veces, las masas se hacían esperar.

Después de haber estado trabajando doce años como detective de novela negra aún sentía emociones encontradas al verse rodeado del pueblo: cierto reparo solitario unido al asco producido por el deseo de comunión. Pudo comprobar que los cursos previos de formación, si bien no eran del todo aplicables a los eventos reales, sí tenían su parte de razón al afirmar que el objetivo de hacerse unidad creaba vértigo y, en la mayoría de los casos, afición y sudor. En sus años de detective de novela negra todo era muy distinto, su horario nocturno, fumar a todas horas, su soledad, su trágico vivir y el resto de topoi del detective de novela negra. Tuvo que abandonar el trabajo por mucho que su autor le rogó que no lo dejara tirado sin inspiración. Pero no pudo continuar esa clase de vida asentimental. Pero toda profesión deforma y de Bogart le había quedado un sabor a humo en la cara y un pánico a los semejantes que ahora, como manifestante, empezaba a transformarse en un almíbar dulzón, pegajoso y terne.

Y allí estaba ahora, esperando a que comenzara la manifestación. Normalmente, no conocía el motivo ni la tendencia del acto hasta que no encontraba a algunos de sus colegas (ya fueran profesionales o amateurs) En la oficina sólo le daban la dirección, la fecha y la hora. Esta imprecisión ya le había ocasionado algún poblema, pues no se puede acudir a la manifestación a favor de la mantequilla vestido de girasol, ni al acto conmemorativo contra los neumáticos de caucho con un traje de mariachi. Toda esta casuística venía en su manual que, ya olvidado, tenía guardado en algún cajón de sus escritorio. A sus cincuenta años, el instinto le ayudaba más, a pesar del caso de los girasoles (todavía su rodilla se resentía del adoquinazo de mantequilla dura) Los días previos al evento olfateaba el ambiente, sopesaba reacciones para intentar adivinar las intenciones de los manifestantes. Aunque debía reconocer que en aquella ocasión andaba perdido con lo que se decidió por un atuendo estándar válido para cualquier acto. Y escoger entre los trajes de manifestante no era fácil porque ¿quién puede vestirse todoterreno y más para momentos delicados como son las manifestaciones?

En aquella tranquilidad digna de cementerio en junio destacó la presencia de otra compañera de gremio. La reconoció enseguida por su aspecto, ya que sólo los profesionales se arreglaban por entero acorde al evento. Era una mujer con unas gafas de sol de las que salían dos cisnes. Llevaba un vestido verde vómito de borrachera muy elegante, de gasa y muselina. Ceñía su pelo con una cinta plateada. La mujer se acercó al ex-detective de novela negra y lo saludó:

-La languidez de la mañana nos hace vulnerables al dandismo -le dijo la señorita sonriendo y tendiendo la mano.

Él se la besó pensando que se había vuelto a equivocar: había venido a la manifestación pro-modernismo vestido al estilo fauve. Al menos había conseguido adivinar que se trataba de arte. Se despidió de la dama con una reverencia y se marchó alegremente a su casa. Tratándose de modernismo, allí no iba a aparecer nadie y si aparecía no era conveniente que lo vieran así.

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