jueves, 2 de julio de 2009

TESEO EN SU LABERINTO

I

El sol se reflejaba en la espada brillante y Teseo la movía para poder reflejarse él. Clavaba la espada en el aire, la pasaba por encima de su cabeza ensayando golpes mortales. El arma silbaba con cada golpe de Teseo. Era joven y fuerte ¿Qué más le podía pedir a la vida? Teseo pensaba que aún podía reclamar mucho más. Y eso mismo iba a hacer. Se levantó y estiró las piernas.

Ariadna se columpiaba infantil en la borda de la nave. Ella estaba de frente al mar, de espaldas a Teseo. De pronto se volvió:

-Oye, Teseo, amor, cuéntame otra vez cómo mataste al minotauro.

-No hay mucho que contar: entré, lo maté y salí.

-Pero dame los detalles, por favor, por favor, por favor... –pedía ella poniendo ojos tiernos.

Teseo puso los ojos en blanco y con una mueca de cansancio dijo:

-Ya sabes, buscar al minotauro, clavar espada...

-Pero, Teseo, mi cielo, ¿por qué la espada está tan brillante? ¿Cómo es que no hay ni rastro de la sangre de la bestia? –preguntó Ariadna sonriendo.

Teseo empezaba a estar un poco harto de dar tantas explicaciones, nunca le gustó hablar, sólo cuando su elocuencia talentosa era requerida para actos públicos. Concluyó la conversación diciendo con mucha tranquilidad:

-Mira, las mujeres no entendéis de esto.

Y se volvió a sentar mientras frotaba la espada para limpiar la sangre que Ariadna no veía. Teseo pensó que Minos se la había jugado con Ariadna. Con eso de hacerse el ciego mientras él se la robaba le había cargado un buen muerto. No era tan tonto. Y Ariadna tampoco era tan estúpida como parecía.

-Teseo –empezó Ariadna -, a lo mejor había que ir cambiando las velas porque si no...
-¡Que te calles! –bramó Teseo.

Ariadna se acobardó en un rincón y no volvió a hablar.

Le estaba poniendo malo. Como lo echara todo a perder... Después de todo el esfuerzo de ir hasta Creta y lo mal que le sentaban a él los viajes... Él era un príncipe, no tenía que andar por ahí deambulando. Y la niña no hacía más que molestar con remilgos: que si vamos a poner las velas ya, que si no limpies tanto la espada y, lo último, que le daba un poco de pena el pobre minotauro, ¡por favor!, ¡hasta dónde iba a llegar! Sentir lástima de un ser homicida. Pero él era un hombre joven y fuerte y astuto y minotauricida. Se imponía una solución limpia y eficaz, definitiva pero sin que le implicara.

-Oye, Ariadna–Teseo dulcificaba el tono acercándose a su amada -, lo siento. Es que este tema de matar me tiene un poco estresado. ¿Quieres que hagamos algo bonito juntos?

Ariadna no se fiaba, pero ¿qué otra cosa podía hacer? Cuando una se fuga de casa es con todas las consecuencias. Teseo dio la orden de atracar en la isla más cercana. Cuando hubieron llegado hasta Naxos, bajaron de los barcos para descansar.

-Venga, Teseo, vamos a dar un paseo, ¿eh? Venga, anda, no seas vago, hombre, venga, vamos... –Ariadna estaba eufórica.

-Anda, vete a coger unas flores o algo así.

-¿Flores en la playa?

-Pues conchas, lo que sea, cualquier cosa que suelas hacer cuando estás en una playa. Coge unas cuantas y cuando tengas muchas me las traes todas, anda, ve.

-No, mejor haré una composición para dejar constancia de que estuvimos aquí: Teseo, el salvador y Ariadna, su futura... esposa.

Ariadna se fue trotando por entre las rocas de la playa. Teseo silbó y todos sus hombres subieron a los navíos. Ariadna quería dejar constancia de su presencia allí. Teseo le concedía el deseo: sus restos mortales permanecerían en Naxos eternamente.

-¿Y la chica? –preguntó uno de los compañeros de Teseo.

-¡Bah! Ya sabes, hablaba mucho y, sobre todo, sabía mucho –dijo Teseo guiñando un ojo con ironía.

Ambos rieron y entrechocaron sus copas de vino.

-¡Ah, las mujeres! –decía el compañero de Teseo -, ya se sabe, nunca tienen ni idea de nada, nunca se enteran de las cosas, ¿verdad?

Teseo dejó de sonreír. Ya no le hacía gracia tratar con ese individuo:

-Sí, son muy tontas –apuró su copa de un trago rápido y se marchó a descansar sin más palabras.
II

Teseo dormitaba bajo el sol de la tarde. Pensaba en su suerte. Qué oportuna la visita de Minos el día de su vigésimo aniversario. Con lo estúpido que era y lo asustado que siempre estaba no fue difícil convencerlo. A ambos les estorbaba algo, lo lógico es que se ayudaran. Total, no creía que nadie echara en falta a una criatura fruto de un amor tan dudoso como el de Pasifae.. ¿Y es que acaso tenía más honor alguien que mataba a un monstruo en un combate cuerpo a cuerpo, arriesgando su vida, que otro que, sin hacerse un rasguño, lo dejaba morir de hambre o sed, lo aniquilaba con veneno o lo encerraba entre dos muros de fuego sin darle tiempo a defenderse? Si el caso es matarlo. Teseo no tenía la culpa de ser tan listo ni de encontrar siempre atajos en la vida...incluso en los laberintos. Los trucos también forman parte del juego. Y Teseo tenía aspiraciones mayores que ser siempre el muchachito de Egeo. Y este era su momento.

-¡Vino, muchachos! No todos los días se consigue desterrar el miedo y el dolor. Alegraos, porque desde este día y gracias a vuestro líder, o sea, yo, estáis libres de la muerte segura y de la horrible bestia bufadora. Estad felices, ya que el tributo y la rendición a Creta ha finalizado en este día luminoso de gloria y ventura. Satisfaceos con esta victoria de Atenas y del mundo y mía, la victoria de la vida frente a la muerte. Vivid tranquilos desde hoy: ni vosotros ni vuestras hijas sufrirán la devastadora masacre de la fiera que mira con centellas en vez de ojos y gruñe con rugidos jamás oídos antes. Debemos pensar en un futuro más brillante y esplendoroso. Días dichosos nos aguardan a nuestra llegada a la amada ciudad de Atenas, donde nuestras madres quedaron orando a los dioses y nuestros hermanos lloraban nuestra trágica suerte. Días dichosos, digo, mis queridos hermanos, porque con los primeros rayos del sol sabremos que estamos vivos. Ya los dioses han querido que cese este sufrir nuestro, esta barbarie minoica, donde las mujeres vivían desparramadas y los hombres...en fin, no eran hombres. ¡Que la alimaña sufra en el Averno y que los griegos sean jubilosos con mi triunfo!

La tripulación gritaba, las mujeres saltaban, los hombres coreaban el nombre de Teseo. Con cada inflexión de la arenga los navegantes vibraban. Teseo permanecía impertérrito entre la alegría de la gente. Alguien le alcanzó una copa de vino, pero él sólo se mojó los labios para recuperarse tras tanta charla. Se sentía satisfecho de sus palabras, aunque habían sido demasiado breves, pero a la plebe se la contenta con nada. El próximo discurso, que sería pronto, no debía hacerlo tan sencillo, había que educar al pueblo. Pero qué le iba a hacer si él, en el fondo, era un hombre muy simple.

El vino llenaba las copas y las copas llenaban las felices gargantas de todos. La noche había caído y los cánticos se hacían cada vez menos frecuentes. La gente comenzaba a dormirse. Teseo contemplaba detenidamente su pequeño universo y meditaba. Él no dormía.

Amanecía cuando Teseo divisó la estatua de Atenea que, armada para el combate, presidía la Acrópolis. Teseo tomó las velas blancas, enseñas de la victoria, y las tiró por la borda. Cogió su espada y, comprobando una vez más que no había perdido su brillo, la enfundó. Debía prepararse para lo que se iba a encontrar y tratar de parecer convincente. Amanecía un nuevo día. Y esta vez él era el rey. Nuevos tiempos para Atenas, ahora que la fuerza minoica había desaparecido ¿Qué más le podía pedir a la vida?

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