domingo, 9 de agosto de 2009


Fue el día en que la arrogancia humana dejaba
mil quinientas trece personas muertas en el Titanic.
Y quizá quisimos emularlo.
En mi agenda pone un nombre y las 18 horas,
y un lugar común desde entonces.
Para mí, que he pasado más tiempo en Alcatraz que en la calle,
no es fácil el contacto,
ni tampoco decir las cosas a la cara,
aunque no lo aparente,
así que perdona el secretismo
y, a la vez, la avalancha.
Pero como decía una canción melodiosa y poco conocida
“estos son días de milagro y maravilla”,
de casualidades a pie de calle
y lluvia de colores continua.
No siempre me lo creo
cuando ya está hecho y me confortas,
me reconstruyes
cuando también me incluyes y te pasas
por mi dominio y nos reímos
cuando te tengo ya calculado
y calibrado
me desordenas
y tú confirmas cada palabra
con tu silencio
y eso me encanta y me enerva.
Y ya no tengo miedo de que entregarse tanto
acabe con mi cuerpo mortal y convaleciente.
Entonces no lo sabías,
pero una máquina pita en la unidad de recuperación intensiva
rescate de ser animal social y a la vez sujeto
porque las cosas no siempre salen a la primera,
a veces ni a la segunda,
pero lo que ha de ser, es.

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