jueves, 17 de septiembre de 2009

RECONOCIMIENTO

Asumámoslo: te pierde su cuerpo, su risa, su inseguridad. Te encanta que nunca sepa nada, que siempre ría a carcajadas por todo, que cante por la mañana. Te gustaría poder cuidarla, gestionarle la vida, que solucione la tuya, sobre todo aquel asunto de tu soledad. Te hace el hombre más feliz del mundo si te mira, aunque sea de reojo, si tiene una palabra para ti, aunque sea vana, si te toca en el hombro, en el brazo, aunque sea para apartarte de su camino. Sé que adoras sus errores, su mirada sorprendida cuando no quiere admitir que se ha equivocado, también su mala leche, claro. Esa manera que tiene de hacer las cosas, preocupándose por todo y, en realidad, por nada. Ese abrumarse por pequeñeces que tú podrías arreglar, esa soledad que también parece rodearla y que tú podrías compartir con ella.
Lo sé por tu forma de nombrarla sin venir a cuento, por el hola va, hola viene más allá de la pura cortesía, por tu interés repentino en todo lo que hayan tocado sus dedos, por tu mirada que la atraviesa y ya imagina cosas que no han pasado, pero podrían pasar. Lo sé porque he visto cómo hablas de ella a otros intentando no descubrirte a ti mismo, cómo pronuncias su nombre pidiendo, más que un simple favor, una mirada de auxilio y clemencia. He comprobado la angustia que sientes si no la tienes cerca, cómo calculas, como un ajedrecista, la manera de tenerla al lado. Os he visto cuando camináis juntos, tu cuerpo inclinado hacia ella, una sonrisa estúpida en tu cara, una sonrisa que te hace sentir vivo. Cómo hablas con ella de nimiedades que, de pronto, son el centro del mundo, cómo la persigues, acoso y derribo, para que te regale una sonrisa perdida.
Lo sé, y de nada te servirá negarlo, porque yo hice lo mismo contigo.

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