sábado, 5 de septiembre de 2009

Un puñado de objetos bellos, feos,
significativos, baratijas encantadas por mis dedos,
facsímiles en serie que se hacen únicos al entrar en mi vida,
una muesca aquí, un arañazo allá,
historias de procedencias y caminos de vida:
una cita amorosa en Toledo,
una huída precipitada en Barcelona,
un regalo decepcionante al que se coge cariño,
una cruz descreída,
el olor comestible de una candela que te reconcilia con tu oscuridad,
la aparición misteriosa e irresoluta de ese libro de edición penosa.

Como si además de síndrome de Diógenes
se padeciera de fetichismo,
algunos objetos, no todos son los elegidos,
se manchan conmigo testigos
de mis cabezazos al aire y al “tiene que ser”.

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