domingo, 17 de enero de 2010

POLÍTICO

Tenemos un régimen de gobierno que no envidia las leyes de otras ciudades. Su nombre es democracia.

Pericles

Ya sé que estáis esperando un discurso brillante lleno de inflexiones y paradas técnicas que aumenten la tensión del momento, como aquellos rapsodas que cantaban gestas y ralentizaban la acción dando suspense al asunto.

Imagino que escucháis esto buscando quizá promesas, quizá entretenimiento, como quien acude al teatro buscando su próximo paso a seguir o sólo divertirse tres horas por veinte euros (menos en el gallinero donde sólo se ve la raya del pelo de la afortunada actriz elegida) Algunos puede que estéis esperando consuelo. Siento decepcionaros, pero ya habréis visto que mi voz es débil, no se oye como a través de la radio se oía a Mussolini, que odiado o querido, impresionaba siempre. No puedo decir esas palabras rotundas que dejan un resonar de aplausos en el silencio, palabras que parecen nacidas de las campanas de la victoria. Ni sé explicarme, ni yo me entiendo; ni trasmito paz, ni aparto la angustia.

También os habréis percatado de que no soy capaz de mover las manos ahuyentando temores, gestos escogidos, dedos juntos, dedos separados y en tu cabeza un "¡ahora!" que responde a tus "¿cuándo?" No puedo poner esa mirada de actor de cine negro, mirada cargada de sabiduría que, sin embargo, calla prudente.

Y es que, compatriotas, copartícipes de la raza humana, yo sólo soy un político, un ciudadano, un animal social.


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