lunes, 1 de febrero de 2010

PEZ FUERA DEL AGUA

Vivo en un mundo extraño. O quizá vivo un momento extraño. O quizá yo soy extraño.

No es un mundo complicado, creo yo, en el que vivo, pero hay tantas cosas que hacer, que ver, que leer. A veces, bajo la risa de mi hermano, me quedo atontado viendo las listas de las mejores 100 películas. me desespero si esa lista asciende a 1000. No es que pretenda acumular, pero creo que el hombre ha hecho demasiadas cosas, demasiadas para que otros hombres, de vida mortal, alcancen a disfrutarlas. Ni en cinco vidas podría ver todo el cine que quiero. Por no hablar de la literatura que comenzó antes. Y no mencionaré otras actividades que si bien no han de ser acumuladas, han de recibir su tiempo, su porción de cariño, para ser entendidas.

Por eso siempre he creído que vivo en un mundo extraño donde se produce, se produce y apenas se podrías disfrutar. En algún momento creí que se hacía tanto para contentar a todos y cada uno, pero si bien somos muy diferentes, básicamente somos iguales. De ahí que las listas de los mejores 100 libros siempre gusten a todos. O eso creo yo, claro.

Así que, para solucionar esto, decidí negarme a leer más libros, a escuchar una sola canción o a ver más cine. Lo cual no quiere decir que me cerrara al mundo. Me dediqué sólo a esas actividades que mencioné anteriormente, aquellas que no se acumulan y donde aprender es un círculo que se repite no un camino sin fin.

Probé algunas cosas, algunas actividades relacionadas con las artes plásticas, pero no tengo paciencia para las cosas bonitas, quizá porque me sé mediocre y quería ser el mejor dentro de mi mediocridad. Pero las cosas bellas no aceptan mediocridades. Todos los objetos se destrozaban en mis manos o aparecían vulgares, como un cojín abandonado en un sofá o un centímetro de pared igual a otros miles de centímetros. Abandoné sin trauma alguno.

Intenté practicar algún deporte, pero me costó bastante encontrar el que me llenaba del todo. Ninguno sonaba como a mí me gustaba. Los había mudos, como el atletismo, o demasiado bulliciosos, como el fútbol. Los había rápidos y lentos, pero ninguno acorde con mi tempo.

Descubrí que me gustaba el sonido de las cuchillas de los patines en el hielo. Nunca pensé que, de patinar, fuera eso lo que más iba a gustarme. Era consciente que esa sensación no la había tenido sólo yo (seguía creyendo en la base común en cierto modo platónica de todos los seres humanos), pero cada vez era el mismo escalofrío en la nuca al contacto del patín con el hielo. También la ligera brisa cuando se llega a cierta velocidad, ni muy rápida, ni muy lenta, pero sabiendo que no vas a chocarte con nada y que si caes vas a levantarte prácticamente ileso. O eso creo yo, claro. Una brisa fría, pero tonificante, brisa de ojos cerrados y ¡a recordar! Y ese chirrido que no es chirrido del hielo.

Entonces supe que no vivía en un lugar extraño, ni mi momento era extraño, ni yo era extraño. Es que no había encontrado aún mi medio.

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