martes, 6 de abril de 2010

EL PEOR DÍA DE MI VIDA

El peor día de mi vida pudiera cifrarse hace ya muchos años
en un espacio cerrado, seis planos enormes sobre mí.
No me sé la familia de los celentéreos, es el fin del mundo.
Quizá el peor día de mi vida fue
aquel en que un hombre feo del que estaba enamorada
va y me dice, con toda la cara,
que cómo es posible que le quiera tanto si él prefiere a mi amiga
(y me salto la parte ofensiva de la historia)
Pero no, el peor día de mi vida es
ese en que comprendo que, por más que te empeñes,
nada permanece mucho tiempo,
aunque lo cuides, aunque lo mimes, aunque seas buena.
Puede ser que el peor día de mi vida fuera
el de los castigos autoimpuestos
por ver si purgaba mi culpa y recuperaba
todo lo perdido en el camino.
No sé si el peor día de mi vida fue
recostada en un sofá en un bar
escuchando una música lúgubre,
día que se repite, como una coda, cada cierto tiempo.
Más bien el peor día de mi vida debió ser
en el coche y tú alejándote, con lo que yo te quiero.
Es posible que el peor día de mi vida fuese
uno de tantos de los que llego a casa
empapada en lluvia y lágrimas y entiendo
que lo he vuelto a hacer mal.
Me temo que el peor día de mi vida es
cualquiera de esos en los que me vuelvo invisible
y mientras me persiguen los monstruos
nadie me escucha ni me ve.
Menos mal que salvo todos esos, los demás
son los mejores días de mi vida.

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