sábado, 3 de abril de 2010

YARICEL

No se llamaba Yaricel, claro, porque Yaricel no es un nombre ni es nada, pero me apareció de la nada y como andaba yo buscando nombres en estos días me gustó para ponérselo a ese chico que tenía a mi espalda aunque más parecía nombre de chica... pero bueno, me pueden ir dejando en paz porque este es mi cuento real o mentirero, pero mío.

Empezaré diciendo que soy la persona que más odia ir a cortarse el pelo y que, sin embargo, como tantas otras paradojas que me asaltan, soy la que más hablo de ello, incluso literariamente, que ya hay que tener cara para escribir sobre eso. Y es que, al final, lo de cortarse el pelo siempre puede ser algo simbólico. No en vano, una de mis supersticiones (a las que no hago demasiado caso, todo sea dicho, y al final me va a pasar algo por falta de fe) es aquella que ya he demostrado tantas veces sobre mi fortaleza mental ganada gracias a un corte de pelo. Algo así como un Sansón intelectual a la inversa. Así que esta historia comienza un día que fui a cortarme el pelo.

Contraviniendo las recomendaciones que, sobre todo las mujeres, se hacen con aquello de cambiar de peluquería, fui a una en la que jamás había estado. Me gusta cambiar, el mundo cambia ¿cómo no vamos a hacerlo nosotros? En la puerta había un chico fumando, le franquée y entré. No me hicieron esperar mucho porque el chico de la puerta, en quien apenas me había fijado, entró para lavarme la cabeza. Olía a tabaco y eso siempre es un punto negativo en mi lista, aunque, por otro lado, me transportó a recónditas regiones de mi mente (qué bien ha quedado esa oración, vaya) donde hombres que olían a tabaco no me parecían tan desagradables. Pequeña agitación de cabeza para desterrar pensamientos inconvenientes al momento y al lugar y me siento para que me lave la cabeza. Este es un momento clave en el proceso de lavado-cortado-peinado. Nunca estoy del todo cómoda cuando me lavan el pelo porque siempre me hago daño en el cuello, aunque, sorprendentemente, este chico se las ha arreglado para que no me moleste lo más mínimo.

Se ha ganado mi atención y su propio párrafo descriptivo. Parece marroquí (cosa que confirmará más tarde) Es delgado, no muy alto, quizá 1'70, aunque parece más bajito porque tiene las manos y los pies pequeños (que nadie dude de mi poder de observación veloz, soy más rápida que el viento de la estepa rusa) Lleva unas gafas con montura metálica, más bien redondas. Su piel es morena y su pelo rizado. Me gusta su camisa, es azul, informal, le queda bien. De los ojos aún no puedo decir nada porque para eso no sirven observaciones rápidas.

Cuando termina de lavarme el pelo me lleva a la silla para cortar. No se apaña con mi altura (ya había dicho yo que no era muy alto) y no atina a graduar la silla, así que trae un taburete y se sienta, me va a cortar el pelo sentado. Me parece muy poco profesional. Aunque esa observación no la hubiera hecho de no ser porque me está poniendo nervosa con los cortes que lleva hechos, no lo está haciendo bien, ¡no lo está haciendo bien! Y esta ya es demasiada histeria para alguien que, como yo, nunca ha lamentado un corte de pelo porque sabe que el pelo, gracias a los dioses, crece.

Yaricel (que ya le he puesto ese nombre a estas alturas de combate) tiene tijeras de tres tipos y las usa todas en mi coronilla, así como navaja y máquina. Empiezo a pensar que o bien es un peluquero como la copa de un pino o no tiene ni idea de cómo hacerlo y está usando un poco de todo. Sigue sentado.

No he comentado que no estamos solos en la peluquería, pero es que no venía al caso porque con mirar a Yaricel de arriba a abajo tenía suficiente. Las compañeras de Yaricel (son todo mujeres) hablan a gritos entre ellas. Una es cubana y, si no me falla la dialectología, las otras dos son de Puerto Rico. Están viendo la tele. Yaricel deja diez segundos mi nuca, con lo que mi descofianza, máxima ya, crece y crece tanto que se me va a salir por la orejas. Ha bajado el volumen de la tele y ha puesto un CD... un CD de Queen. Vale, no corta bien el pelo, pero tiene gusto. No me importa que use las tres tijeras como si hiciera malabarismos si lo hace con Radio Ga Ga de fondo.

De pronto, suena el móvil. Es el de mi peluquero, lo coge y se va fuera del local dejándome ahí, con el pelo mojado y a medio cortar. Esto no lo arregla ya nadie. No puedo evitar decir en alto "vaya un trabajador" Suena muy de negrero, pero es que estoy enfadada con él, a mí no se me deja tirada en medio de...

-Perdona -me dice al volver.

Ahí es donde confirmo que es de Marruecos. Habla despacio, dulce, cadencioso... y me ha pedido perdón. Espero que, mientras me corta el pelo, no note que me hierven las ideas. No, señores, no me sorprende que hace un segundo le odirara y ahora quisiera darle ofrendas en un templo, a mí ya no me sorprende nada.

Ha cogido el secador, me quedan menos de cinco minutos para separarme de él. Empieza a secarme el pelo justo como me gusta: despeinado. me está haciendo la raya a un lado, pero le perdono, porque no queda mal, de todas formas le digo, muy borde para que no se me note la flojera de piernas, que no tengo 40 años y que no me peine como si los tuviera. Se ríe, ay, madre, no le había visto reírse. Ha terminado y tengo que pagarle, Me acerco a la caja pensando estúpidamente en si estaré bien peinada (la supervivencia femenina, amigos)

Tiene los ojos verdes. Verde claro.

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