lunes, 17 de mayo de 2010

COSAS QUE DECIR

Siempre creí que tenías una sonrisa bonita,
pero sólo cuando te ríes de verdad,
y eso sólo ocurre cuando sucede
y sucede cuando ocurre.
Me encanta tu peinado (espera,
a partir del décimo verso dejo la frivolidad a un lado)
y tus zapatillas,
las amarillas,
y la camiseta que medio Madrid llevaba.
Y tu dedo índice levantado al hablar sin palabras.
Me gustaba cómo te tomabas la vida
cuando te la tomabas bien.
Y cómo te tomabas la vida
cuando te la tomabas mejor.
Y cuando te la tomabas mal
me gustaba convencerte al final, aunque no lo admitieras.
Sí, disfrutaba con cada cosa que yo sabía y no admitías,
y también cuando no tenía razón y me machacabas.
Siempre me gustaron tus fuertes principios
que tú llamabas "cabezonería".
Te agradezco que me hayas sacado de algún hoyo oscuro,
sobre todo del de la ignorancia.
Me ponía nerviosa, pero admiraba
tu nihilismo (sí, lo vas a discutir,
lo vas a discutir, lo vas a discutir, lo vas a discutir
sin darte cuenta que es un problema de matiz)
El dejarme elegir ("podemos ir...")
o el intentar comprenderme a través de mi propia incomprensión,
que quisieras ser feliz de la peor manera,
que te atrevieras a ser feliz en las peores circunstancias.
Muchas cosas fueron las que guardo entre algodones,
las que hoy podrían configurar el mural.
Y queda más pared.

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