domingo, 20 de junio de 2010

LA MÚSICA (narrativa en verso)

Quisiera ir a bailar
cualquier día del año.
No sé qué sonaba mientras yo nacía,
pero era primavera y eso hubo de notarse.
Mi padre en Nochevieja
nos ponía discos y saltábamos.
Era el comienzo de esa era de actividad esquelética constante.
Ya bien de pequeña me inventaba pasos en el cuarto
y eso que era la música mala de los noventa,
toda la que conocía una niña de trece años.
No mentiré y contaré que mi primera paga
me la gasté en ondas sonoras,
pero en cuanto me puse el parche de pirata
hice un buen uso navegando en el pasado sesentero.
Desde que supe que la gente era extraña
y que habría que buscar a alguien para amar,
todo resultó más fácil.
No puedo recordar con cariño a quien me guió en las letras
porque a leer aprendí sola
y aunque agradezco a mi hermana
sus tardes sumando conmigo,
sólo puedo agradecer su trabajo
a quien con un xilófono y unos crótalos
me enseñó las notas, el cromatismo y la diferencia que da en el corazón
una escala menor y otra mayor.
Eran los tiempos de Wagner y musicogramas descifrables
y ya Prokofiev llamaba a la puerta
aunque sólo le abriría diez años más tarde.
Me enamoré de un heavy, vaya tiempos aquellos.
Nunca me dio por los raperos,
aunque no se me dan mal las rimas.
Me fui a algunos conciertos oscuros y guitarreros
mientras la 147 de Bach me paraba el tiempo.
Nunca tuve preferencias
y cada vez menos,
pongo escenas de película a Venus in furs
y caliento motores con un rockabilly bien puesto.
Curiosamente
sólo tuve canciones tachonadas con los amores pasajeros,
será que la música de siempre o no sirve o no vale
con el amor verdadero. O es que son tantos momentos
que me quedo con una discografía entera de todos ellos.
Tengo Angel como la canción que, mientras lloraba escondida,
sonaba y todas esas marionetas se abrazaban.
Mediterraneo es la palabra clave que suelto
cuando me preguntan una contraseña.
¿Qué puedo decir si escogiendo el color de mi nevera
sonaba Black or white?
Visito a menudo paredes pintadas de negro,
se me inundan los oídos con lo que escucho cuando bebo,
disfruto sola o acompañada
y descubro cada día nuevos motivos
para saber escuchar sin ser sorda.
Confesaré que me encanta el silencio
pero cuando los músculos y huesos necesitan calentarse
nada más importante
que la música.

No hay comentarios: