sábado, 28 de agosto de 2010

VALORES PREDETERMINADOS

El albañil tiene unos modales de colegio de curas. Usa la cinta métrica como si fuera nitroglicerina y acaricia las paredes como un escultor de mármol. De pronto, pone cara de autosuficiencia y dice:

-Entonces ¿qué calidad te pongo en las ventanas?

Sin pensar voy a decirle que la calidad deberá ser “buena” pero caigo en que es una de esas pregunta trampa, sé bien de qué hablo, son mis preferidas, así que, sintiéndome inteligente le contesto:

-Pues no sé… Climalit.

-No, si Climalit va en todas ya, pero que si te pongo rotura de puente térmico, PVC o qué –me ha fallado el plan y no tengo ni idea de qué es eso del puente térmico. Me intriga el 2º qué” en todo caso. ¿Qué puede haber más allá del PVC y el puente térmico?

-Sí, no sé, lo que sea –cedo.

-Vale, pues 200 euros más –dice amenazándome con la cinta métrica.

Siento el filo de la pobreza en la nuca.

-Y aquí un falso techo de escayola –asegura como si fuera lo más normal del mundo ir poniendo falsos techos de escayola por ahí. Que digo yo que vale, que de acuerdo, pero ¿para qué poner un techo si es falso?

-No entiendo muy bien a qué te refieres –le digo al albañil mientras me doy cuenta de que estoy un poco aturdida. Y eso es el último pensamiento consciente que tengo.

La compañera del albañil, que se ocupa de los muebles de cocina, me agrede a su vez con tonalidades de muebles (blanco, hueso, marfil, estaño sucio, plomo plúmbeo…) y yo sólo veo el mismo color pasando una y otra vez por delante de mis ojos. Esta señora ha venido a medir mi cocina como a una carrera de Ascott, sólo que sin sombrero. Habla con un acento del sur que no consigo identificar. Me está silbando como una cascabel. Quiere despistarme y no sabe que yo no distingo el amarillo pantone 109 del 116.

-Pues hay que poner un falso techo –continúa a su vez el albañil –para tapar esos tubos.

-¿Y qué daño hacen ahí esos tubos? –pregunto con inocencia defendiendo los derechos de los tubos de la calefacción.

-Pues que quedan feos.

Una vez más, algo ha sido rechazado por su cuerpo sin que nadie se fije en su alma.

-Vale, entonces, cámara de escayola, 200 euros más. En el baño hay que traer tuberías nuevas.

-¿Qué pasa con las antiguas? –pregunto pasando por alto el concepto “cámara de escayola” que me recuerda al Egipto faraónico. Por otro lado, estoy empezando a sentirme como el interlocutor de un diálogo platónico, donde siempre había uno un poco tonto que preguntaba cosas nada más que para que le tiraran por tierra los argumentos.

-Mujer, las ponemos ya nuevas. Mira tenemos que hacer una roza por las puertas, esta puerta, esta y esta. O en el suelo, como quieras.

-¿Una tubería de diez metros por el techo? – y esta pregunta es ya de incredulidad. ¿Y por el suelo? Qué dilema negación-negación.

-Claro, claro –corrobora la compañera -. Aquí te voy poniendo la pintura. Añade pintura, Ángel –se gira a su compañero y oigo levemente entre el zumbido de mis oídos que el albañil comenta algo de “200 euros más”-. Y aquí podemos poner un falso techo de escayola para llevar el agua caliente…

Se oye, además del zumbido, un sonido de máquina tragaperras. No sé de dónde viene.

-Y lo que te quedaría monísimo- prosigue la compañera de Ángel –es poner aquí en el salón otro falso techo –y dale con el techo hipócrita -, y poner unos halógenos incrustados en él.

Ah, no. Eso sí que no. Vale que me busques la mejor solución para llevar diez metros de tubería al otro lado de la casa; no me opongo a unos muebles lacados en un color que yo digo que es blanco pero que, al parecer, en París llaman de otra manera; no tengo problema con poner tres techos traidores con infinitud de tubos y cables dentro (lo que sería un “techo sorpresa de Pascua”) pero el halógeno, esa luz indirecta, es decir, inútil, que desde los años 70 se ha querido ver como bella y que todos mis vecinos han puesto, que todos mis amigos han puesto, que todos mis enemigos han puesto… por ahí no paso ¡El halógeno! La luz del calor, la luz inservible que consume como dos, y, encima, incrustada en un falso techo para que sólo se vea el tenue haz como si mi casa fuera una sala de juntas o la consulta del dentista. ¿Y qué más? ¿Pinturas impresionistas y Amazing grace tocado a la flauta? El halógeno en falso techo de escayola, tan estándar, tan típico, tan poco original, tan poco mío, tan… ¡burgués!

Cuando consigo dominar los espumarajos que me salen por la boca reflexiono y me digo que esta gente quiere ponerme todo nuevo, pero que, en realidad, viven con unos valores predeterminados.

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