sábado, 14 de mayo de 2011

PEQUEÑO ATRACO


El cajero de ahora no recuerdo qué banco quedaba a la altura de mi barbilla. Si alzaba la mano derecha podía alcanzar las teclas. Con la mano izquierda me sujetaba de unas baldas de plástico beige para elevarme unos centímetros e intentar alcanzar las teclas que quedaban más al fondo.
El cajero estaba situado a la salida de un hipermercado, plantado en medio de todo el bullicio de un gran centro comercial. Cientos de personas pasaban a mi espalda, casi todos con prisa empujando carritos, acarreando bolsas en un pandemónium conocido y ya casi insignificante para mí. No me interesaba más que lo que tenía delante.
Juguetee con los números grabados en las teclas de color aluminio. Recorrí la línea del 9 al 1, del 1 al 7 concentrada con mis cinco sentidos en ellos. Más allá de mis manos que comprobaban el frío metal, mis oídos esperaban oír un pitido tras la presión que ejercían mis dedos, mis ojos esperaban ver cómo se hundía cada botón y, al mismo tiempo, recuerdo que me llegaba el olor de una pastelería cercana. “Croissants”, recuerdo que pensé sin levantar la vista de la fascinante pantalla que siempre me pedía que introdujera mi tarjeta.
No sé exactamente cuándo sucedió. No sé si llevaba cinco o diez minutos acariciando la consola del cajero; no sé cómo vino, ni cómo se fue, pero sí recuerdo que el aire cambió, se hizo pesado justo en mi nuca mientras una voz varonil y punzante dijo:
-Arriba las manos, esto es un atraco.
No me moví. No respiré. Con toda la lógica de la infancia articulé unas palabras en mi cabeza que jamás llegué a pronunciar porque no tenía saliva, ni oxígeno, ni sangre en las venas. “Solo soy una niña” fue la frase que se me quedó entre la garganta y los labios. Una oración sensata donde las haya que no requería más explicación. Una protesta, casi, un acto de rebeldía porque los niños, caballero atracador, no tenemos dinero y mucho menos tarjeta de crédito.
Me giré solo cuando estuve segura de que ya no había nadie detrás. Vi la habitual agitación del centro comercial. Los mismos carritos que ya eran otros, las mismas personas cargadas, todo igual de anodino que antes, que siempre. Y en este paisaje de prisas y vituallas un hombre destacaba porque estaba a otra cosa, mirándome fijamente, conteniendo la risa, ahora comprendo que tierna, entonces creí que atroz, aquella risa de sátiro contra la que nos prevenían nuestros padres. “Valiente imbécil”, pienso siempre que recuerdo la historia. “Valiente imbécil”, pienso siempre que yo hago algo parecido con un niño.

No hay comentarios: