domingo, 8 de mayo de 2011

TOALLAS HIRIENTES


No esperaba demasiado del futuro, para qué engañarnos. Quizá un ordenador con teclas más útiles, una comida que saciara de verdad, unas toallas que no hirieran. Sí, sobre todo esto, unas toallas que no hirieran, unas toallas suaves de verdad y no aparentemente suaves, unas toallas de rizo americano, de algodón egipcio o como se quisiera, pero que al tocarlas uno supiera que estaba en casa, que estaba seguro, que estaba con sus toallas.
Abandonó su ensueño al oír el despertador. Hacía años que era él el que esperaba al aparato y no el aparato el que le avisaba a él. La radio sonó “son las 6 de este jueves de la última semana del 2140” Jueves, martes… qué más daba.
Aproximándose al baño tocó las toallas desteñidas, moradas, violáceas, a saber. Raspaban. A pesar de los mil litros de suavizante que había vertido sobre ellas matando a toda la fauna fluvial del planeta.
Tras un desayuno más terapéutico que apetecible, se arrastró hasta la calle. Un riachuelo aceitoso corría por delante de su puerta. Ah, hogar dulce hogar.
Tampoco era tan extraño que uno quisiera un poco de confort en su vida. No estaba pidiendo flores en las ventanas ni esos cojines de felpa, ni esos otros objetos de lujo como las cafeteras o los exprimidores. Pero… toallas…
Se acordó con sobresalto de fiera que debía comprar algo que engullir y mucho, mucho suavizante para la ropa. Giró sobre sus pasos y se encaminó al almacén más cercano. Allí la fila de gente sin rostro no parecía tener fin. “Y sólo son las 8, esto es increíble” La cola avanzaba lentamente. Es posible que ni siquiera avanzara y que cada individuo hecho masa se moviera y pareciera como el mar y su oleaje. ¿Se mueve el mar? ¿Avanza realmente? Y se sintió mal por pensar semejantes tonterías mientras debería solucionar el hecho de que no tenía cómo pagar lo que iba a adquirir.
-Saludos. Quisiera aprovisionarme de 150 gramos de sustancia alimenticia de los tipos A y B, así como de 2 litros de suavizante para la ropa  –le comunicó al altavoz cuando llegó su turno mientras recordaba, tontamente, cómo había sido capaz de sobrevivir el Sistema Internacional de Unidades.
-Introduzca su número –respondió el altavoz.
-No tengo número, ni materia económica –dijo él tranquilamente.
-Introduzca su número –repitió el altavoz.
-Es inútil, no tengo nada –y mientras decía esto recogió lo que había pedido bendiciendo la bonachonería de un mundo donde te daban primero la comanda y luego la pagabas. No todo iba a ser malo.
Se fue caminando despacio, con calma, pensando cinematográficamente que a esa escena le pegaba un cigarrillo. As u espalda la seguridad del almacén ya se abalanzaba para apresarle.
Minutos después, limpiaba sus manos ensangrentadas. No le había pedido demasiado a la vida. Quizá un coche menos contaminante, una nevera que conservara mejor los alimentos, unas toallas que no le hicieran herir.

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