sábado, 11 de junio de 2011

23:50

Mirar la mano ensangrentada de la niña que escupe rabia por los nudillos,
sentir la ola de amor que nunca me llega de ti,
querer escribir tu novela para poder apresar tus ojos,
hacer mi trabajo, palabra por palabra, año tras año,
acostarme, dormir, no soñar,
olvidarme de los buenos propósitos, las abdominales, la meditación,
abusar de la medicación,
prefeir Vesubio horizontal efímero a mano sobre mano
y no sentir nada.
A eso lo llamo felicidad,
aunque sea el fin de la poesía.

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