martes, 12 de julio de 2011

EXTRACCIÓN DE LA PIEDRA DE LA LOCURA (I)

No era el lugar más bonito del mundo, pero a nosotros eso no nos importaba porque cuando se es pequeño no se distingue entre “bucólico” y “espantoso”, sino entre “útil para la diversión” e “inútil para el entretenimiento” y el improvisado almacén de maderas que se nos presentaba delante era el paraíso para tres niños aburridos que pasaban en la calle demasiado tiempo sin hacer nada.
Fue Julián el que nos dio noticia de la existencia del solar lleno de tablones. Nos llevó a verlo orgulloso del hallazgo y, la verdad, tuvimos que darle la enhorabuena. Se trataba de un terrado desolado con maderos aquí y allá que bien podían usarse para hacer un fuerte, un escondite o un pequeño club. Estaba lo suficiente alejado y desierto para que los mayores no nos regañaran simplemente por estar allí. Ya teníamos experiencia en otros lugares parecidos y siempre había alguien, el dueño, un transeúnte, que parecía sufrir viéndonos pasarlo bien.
Decidimos hacerlo nuestro un domingo por la tarde. Recuerdo que hacía mucho calor porque todos buscábamos el refugio debajo de alguna madera apoyada en el muro que cercaba el terreno.
-Bueno, y ¿ahora qué hacemos? –preguntó Mario, el mayor del grupo que contaba 15 años.
-Podemos hacernos una casa –propuse yo, siempre queriendo tener un refugio.
-Ya, claro, pero a ver cómo cargamos con las maderas –comentó Julián, el más pragmático de los tres.
-Las hay más pequeñas –insistí yo aún un poco.
Pero finalmente fue Mario el que se impuso con su idea que a todos nos pareció la mejor: haríamos una trinchera. Me satisfacía porque no dejaba de ser un refugio y a Julián le parecía más fácil excavar poco a poco un hoyo que intentar montar unas paredes y un techo.
Miramos a nuestro alrededor intentando buscar algo que nos sirviera de herramienta, alguna madera astillada, alguna piedra, pero en aquel pequeño páramo no había ni un solo canto y todas las maderas, apiladas al fondo de la propiedad, estaban perfectamente cortadas lo que impedía que pudiéramos hollar la tierra con ellas. Nuestro sueño de tener nuestra propia trinchera se esfumó, pero empeñados en ellos decidimos volver al día siguiente, después de las clases, con algo con lo que pudiéramos trabajar. El sitio era perfecto. Aunque la tierra pareciera dura, el lugar absolutamente despoblado era excelente para nuestros planes infantiles.
Al día siguiente nos presentamos los tres en el mismo lugar. Julián llegó el primero y nos esperaba con una llave inglesa en la mano. La miré escéptico.
-Con eso no vamos a hacer nada –le dije.
-Tú ya verás, que con esto yo ablando la tierra y luego vosotros caváis.
Mario trajo una pala de plástico de las que se usábamos en la playa cuando éramos bebés. Yo llevé una cuchara, seguro de portar la mejor arma. Pero viendo el suelo rígido me di cuenta de que poco teníamos que hacer.
Empezamos a trabajar bajo el sol de la tarde, sudando como condenados a trabajos forzados. La tierra estaba seca, dura, imposible de herir. Julián golpeaba con su llave inglesa intentando destrozar a terrones la corteza mientras nosotros hincábamos nuestras palas lanzando pequeños grititos que nos salían de dentro de los pulmones por el esfuerzo realizado. Algunas veces, bajo la llave de Julián, saltaban pequeñas piedritas que se nos metían en los ojos. Yo empecé a respirar por la boca, fatigado. Vi cómo el pecho de Mario se movía rápidamente y su rostro aparecía furioso, casi desencajado. Hacer ese hoyo era una cuestión de orgullo personal. Necesitábamos algo con punto, no nuestros útiles romos.
Paramos un momento extenuados, deshechos en sudor y desmoralizados: en tres cuartos de hora solo habíamos hundido levemente la primera capa de tierra seca. Nos tumbamos reclinados sobre nuestros codos recuperando el aliento. Entonces fue cuando lo vi.

No hay comentarios: