miércoles, 13 de julio de 2011

EXTRACCIÓN DE LA PIEDRA DE LA LOCURA (y II)

Sobresalía entre la poca hierba del lateral. Ya me había fijado en que en ese desierto de arena compacta había una pequeña parte herbosa, pero no había visto más, ni me había fijado. Pero allí, parado, mascando la derrota, bajo el canto pesado de las chicharras vi una piedra grisácea asomando entre la hierba. Parecía un sílex, puntiaguda y plomiza. Siempre he tenido obsesión por el sílex porque mi padre me había contado que con eso hacían en la prehistoria las armas. Y allí estaba, asomando simple, llana, la piedra con la que los primeros hombres hicieron lanzas, hachas, cuchillos.
-Eh, mirad, con eso podemos hacer el hoyo. Tiene punta –dije mientras me levantaba sin perder de vista la piedra.
-¿Dónde? ¿El qué? –dijo Mario sin mucho interés.
-Allí, en la hierba, hay una piedra con punta.
Julián se levantó y se puso a mi lado para mirar donde yo miraba. Empezó a caminar hacia la zona con vegetación. Yo le seguí, no fuera a ser que al tanto de haber encontrado la parcela se apuntara la de recoger y usar la piedra. Era mi cuchillo y yo debía usarlo, así que troté hasta ponerme a su alcance.
Llegamos ambos a la vez al lugar. Vista desde cerca la piedra no parecía tan maravillosa porque tenía un aspecto frágil, como si estuviera hecha de tierra, como estas piedras engañosas que no son más que barro, pero era grande, alargada, como de diez centímetros y, sobre todo, lucía un vértice que podía clavarse con ayuda de la pesada llave inglesa. Me agaché para recoger la piedra, pero estaba incrustada en la tierra. Julián empezó a tirar conmigo, poniendo sus manos sobre las mías y haciendo que me clavara algunas aristas de la piedra. La soltamos ambos al poco rato porque nuestras manos se estaban poniendo blancas de tanta fuerza que hacíamos. Tirando de la piedra descascarillamos la tierra que habíamos sospechado que tenía alrededor y apareció una forma geológica extraña. Ahora parecía más bien una estalactita, más bien la sección de una estalactita, porque tenía un pequeño hueco en su interior. Así lo dijo Mario, que acababa de llegar por detrás de nosotros.
-Es como una estalactita partida. Lo de que cuelga de las cuevas, que es como un colmillo gigante, pero como si lo hubieran partido y se hubieran quedado los pinchos mal cortados.
Efectivamente, al seccionarse era como si se hubieran quedado astillas de piedra muy finas e irregulares.
-Eso es un tubo –dijo Julián.
-Qué va a ser un tubo, mira las astillas. Será de la madera –afirmó Mario.
Me acerqué a tocarlo otra vez. No tenía el tacto de la madera, no era rugoso como ella, pero sí tenía algo de vegetal, de blandura de tierra. Me tumbé para que mi nariz quedara a su altura y olfatee mientras mis amigos se reían a mi espalda. Olía a patatas podridas, pero no tan fuerte, más suave, pero desagradable. Saqué la cuchara que me había guardado en el bolsillo al ver la piedra y empecé a escarbar alrededor de la piedra. Aquí la tierra estaba mucho más blanda y comparada con la de la superficie donde intentábamos hacer el hoyo, era una delicia a pesar de las raíces de las hierbas. Mis amigos se habían acuclillado a mi lado y observaban atentos la extracción de la piedra. De momento ya había profundizado unos diez centímetros más. Se veía que era algo largo, como un tubo tal y como Julián había dicho. Según iba sacando tierra, la piedra iba aumentando su diámetro que había pasado de ser de uno o dos centímetros a casi cuatro. Mis amigos comenzaron a tirar a dúo de la piedra, cuya superficie expuesta era ya tanta que se podía agarrar con facilidad. Por fin, la piedra salió haciendo que mis dos amigos cayeran sobre su espalda mientras yo escupía la tierra que me había salpicado al salir la piedra.
Mario era quien sostenía la piedra por su extremo astillado, contemplado el extremo que había quedado ahora al descubierto. Julián lo miraba con el ceño fruncido. No sabía si Mario había comprendido, yo tardé unos segundos antes de escupir mil veces más la tierra que había rodeado al objeto.
-¡Es un hueso! –dijo al fin Julián -. Es el hueso de la pierna, este, este de aquí –decía como un loco señalando su muslo.
Mario sopesaba el hueso, le daba vueltas, lo limpiaba de tierra. Finalmente se acercó a la parte seca de la tierra y con un grito gutural lo clavo en el suelo por su parte puntiaguda. Se hundió casi hasta la mitad.
-Servirá para la trinchera –dijo Mario alejándose y dejándonos a Julián y a mí atónitos. Yo escupí un poco más aún antes de asumir el uso de la nueva herramientas. Ya dije que no era el lugar más bonito del mundo, pero era nuestro.

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