viernes, 12 de agosto de 2011

EL CERDITO

Es precipitado afirmar que el cerdito de goma confería poderes a quienes lo poseían, puesto que no tenemos pruebas de ello, pero quien tenía fe en esto quedaba imbuido de un aura de misterio y magia que bien hubiera hecho creer en lo sobrenatural.
Se trataba de un objeto totémico de no más de cuatro centímetros de altura. Representaba a un cerdo puesto en pie, antropomorfo, hecho con goma rosada. Había pasado de mano en mano durante ya más de cincuenta años y cada dueño le había añadido un detalle a la figura: una pajarita de papel en el cuello, una cicatriz en una pata, un tijeretazo en la oreja… Cada uno de sus amos había querido dejar huella en él como él había hecho con ellos.
Yo lo encontré en manos de un titiritero hará unos cinco años. Asiduo como era de los espectáculos de guiñol asistí a un festival de títeres intentando conocer mejor el arte y así olvidar algunas de mis penurias que ahora no vienen al caso.
Como he dicho, era muy aficionado a este tipo de espectáculos y había visto ya cientos, pero nunca como el que contemplé en aquella ocasión. En un primer momento uno no hubiera notado diferencia entre uno normal y aquel. Pero a los minutos de empezar quedé sobrecogidos por la viveza de los muñecos que, aunque se veían de madera y tela, parecían vivos en sus movimientos de cejas, labios, manos. La agilidad de sus gestos no nacía del arte de un escultor o de la aguja y el hilo, venía de otro sitio. La princesa fue capaz de enamorarme, mientras que la bruja me sumió en un terror infantil y absurdo cuando me miró con sus ojos encendidos. Contuve la respiración mientras la princesa era devorada por un dragón que la destripaba. La función terminó y los títeres desaparecieron. Nadie se movió y solo se escuchaba mi respiración entrecortada. Como despertando de un sueño, los espectadores se fueron yendo pero yo no podía irme sin más, necesitaba saber más.
Siempre he pensado que descubrir a un titiritero por detrás de su teatrillo era un sacrilegio, pero en esta ocasión todo el espectáculo tenía algo de demoniaco así que giré por detrás del pequeño escenario improvisado y dije:
-Disculpe, señor.
No tuve respuesta, pero vi asomar una cabeza entre las cortinillas que tapaban el cuerpo del maestro de marionetas. Una cara vulgar, casi menos expresiva que la de los muñecos que acababa de ver, me miraba amable.
-Disculpe –comencé de nuevo -, me han sorprendido mucho sus muñecos. ¿Los ha hecho usted?
-Sí, sí, yo mismo los hice –me contó saliendo de su angosto cubículo y poniéndose en pie.
-Bueno, son espectaculares, la verdad, nunca había visto unos así, y he visto muchos… Los ojos, los gestos… es que son muy reales ¿sabe?
-Sí, lo sé –dijo con una sonrisa pícara.
-Yo soy muy aficionado ¿sabe? He visto muchos, de hecho alguna vez he pensado en dedicarme a esto ¿sabe? Le tengo mucho cariño a este espectáculo.
-¿En serio? –me preguntó sin curiosidad.
-Sí, sí, de verdad, yo… yo siento que los muñecos son un más allá de esta vida ¿sabe usted? Y al ver los suyos, tan reales, tan auténticos, he visto ya no la metáfora de la marioneta, sino el cuerpo mismo del ser humano, más vivo, más real que el humano mismo.
Él se me quedó mirando con su cara de queso de bola y solo dijo:
-Acompáñeme.
Lo seguí entre la gente del festival de títeres y me llevó a una pequeña furgoneta blanca.
-Le contaré algo que no todos entienden y no todos creen, pero sus palabras me han hecho pensar, su pasión por los títeres… -dijo sin acabar la frase.
Del bolsillo sacó una pequeña figura, un muñeco de unos cuatro centímetros: el cerdito de goma.
-Se trata de un antiguo objeto misterioso –comenzó -. Nadie sabe muy bien cómo funciona, pero da a quien lo tiene un poder sobrenatural. A veces simplemente concede el amor, otras hace que alguien sea especialmente bueno en una tarea. De ahí la magia de mis títeres. Ahora quiero dárselo.
Me quedé estupefacto.
-Pero… ¿cómo va a dármelo? Perderá su magia, es un objeto muy valioso.
-Ha visto usted mis títeres ¿verdad? Son auténticos, más auténticos que la vida. Pero son siniestros. Y estoy cansado. Usted aún tiene energía y pasión. Tome mi relevo –y depositó el cerdito en mi mano temblorosa, no sin antes arrancarle un trocito de oreja.
Ni que decir tiene que nunca conseguí que mis muñecos adquirieran la magia de aquellos. Bien es verdad que tampoco me interesaban tanto. Pero sí que empecé a notar ciertos cambios en mi vida. La seguridad que el tótem me había conferido rebosaba por mis poros. Empecé a pisar la calle con más fuerza y a mirar a mis semejantes desde arriba. Yo tenía el cerdito; ellos, no. Creí que era el momento de usar y abusar de esta circunstancia.
El día que decidí probar mi nuevo poder me levanté temprano y me arreglé cuidadosamente. Cogí todo lo que necesitaba y sostuve el cerdito en mis manos, lo contemplé y sonreí sintiendo su fuerza. Por fin iba a poder conseguir lo que quería. “Podrás conseguir el amor”, había dicho el titiritero. Pero eso no me interesaba, sino más bien su antónimo, yo quería conseguir el odio, tan raro en estos días de ternura empalagosa. Pero siempre he tenido el defecto de ser muy dulce y no poder hacer esas cosas que se pueden hacer solo con odio, qué sé yo, tener una pelea callejera, quitarle el puesto de trabajo a un amigo…
Tenía claro a dónde tenía que ir y me sentía con el suficiente ímpetu como para no pensar en otra cosa más que en mi misión. Fui andando a mi destino, sintiendo el cerdito en mi bolsillo. Llegué a la casa a donde iba y subí la pequeña escalera de forja que separaba la calle de la puerta. Una mujer mayor me abrió la puerta después de llamar yo:
-¡Hijo! Pero… ¡tú aquí!
Y le descerrajé tres tiros sin pensarlo mucho.
Me pareció una irresponsabilidad dejar el cerdito tirado por ahí, pero después de crear mi magia, cambiar el mundo un poco, no sentía la necesidad de tenerlo más, así que se lo di como juguete al primer niño que vi, explicándole, de una manera infantil, el encanto del objeto. Le coloqué una pequeña arandela en la nariz al cerdito y se lo entregué al niño, que jugaba pacíficamente con un palo de madera.

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