miércoles, 27 de julio de 2011

12:37

Camino entre las telas y los tules
como si Fortunata y Jacinta (época) se tratara.
Aprecio pequeños detalles de las sedas,
admiro una rana de pedrería,
pateo escalones, mil años nos contemplan.
Todo va a ir bien
porque existen hilos sueltos
y son hermosos.

sábado, 23 de julio de 2011

19:00

Que la vida está llena de hermosas y terribles contradicciones
como que sea yo tan amante de los gatos y me den tanta alergia.
Que es irónico dejarse la espalda trabajando para conseguir dinero y operarse la espalda,
o estar triste por aquello que nos pone todavía más tristes.
Y que es así, muy sin remedio.
Una pequeña historia, grano de arena,
y entre un número y otro, infinitos otros,
muy poca cosa,
muy poca
cosa.

lunes, 18 de julio de 2011

16:01

Me llevo mucho amor y muchas dudas
y una enorme y terrible sensación de no haber entendido nada,
de ser inocente, y eso es bueno,
aunque esté perdida en un mundo grande, grande.
Tengo a mi hombre que me ama
y un reino sin súbditos, valientes y luchadores.
No,
no sé lo que nos va a pasar,
pero estoy dispuesta a encontrármelo de frente 
y atenderle como se merece.

sábado, 16 de julio de 2011

15:44

Con la mirada de César Borgia en el semblante,
caminando fuerte,
heavenly, heavenly,
sin mucho cuidado, pues es verano,
me dirijo quizá a mi destino, quizá a otra estación de paso.
Esta vez seré más lista
sin olvidarme de ser un poco tonta.
Y espero que me dejen, al menos
acordarme de quién era, de quién fui
antes de morir del todo.

miércoles, 13 de julio de 2011

EXTRACCIÓN DE LA PIEDRA DE LA LOCURA (y II)

Sobresalía entre la poca hierba del lateral. Ya me había fijado en que en ese desierto de arena compacta había una pequeña parte herbosa, pero no había visto más, ni me había fijado. Pero allí, parado, mascando la derrota, bajo el canto pesado de las chicharras vi una piedra grisácea asomando entre la hierba. Parecía un sílex, puntiaguda y plomiza. Siempre he tenido obsesión por el sílex porque mi padre me había contado que con eso hacían en la prehistoria las armas. Y allí estaba, asomando simple, llana, la piedra con la que los primeros hombres hicieron lanzas, hachas, cuchillos.
-Eh, mirad, con eso podemos hacer el hoyo. Tiene punta –dije mientras me levantaba sin perder de vista la piedra.
-¿Dónde? ¿El qué? –dijo Mario sin mucho interés.
-Allí, en la hierba, hay una piedra con punta.
Julián se levantó y se puso a mi lado para mirar donde yo miraba. Empezó a caminar hacia la zona con vegetación. Yo le seguí, no fuera a ser que al tanto de haber encontrado la parcela se apuntara la de recoger y usar la piedra. Era mi cuchillo y yo debía usarlo, así que troté hasta ponerme a su alcance.
Llegamos ambos a la vez al lugar. Vista desde cerca la piedra no parecía tan maravillosa porque tenía un aspecto frágil, como si estuviera hecha de tierra, como estas piedras engañosas que no son más que barro, pero era grande, alargada, como de diez centímetros y, sobre todo, lucía un vértice que podía clavarse con ayuda de la pesada llave inglesa. Me agaché para recoger la piedra, pero estaba incrustada en la tierra. Julián empezó a tirar conmigo, poniendo sus manos sobre las mías y haciendo que me clavara algunas aristas de la piedra. La soltamos ambos al poco rato porque nuestras manos se estaban poniendo blancas de tanta fuerza que hacíamos. Tirando de la piedra descascarillamos la tierra que habíamos sospechado que tenía alrededor y apareció una forma geológica extraña. Ahora parecía más bien una estalactita, más bien la sección de una estalactita, porque tenía un pequeño hueco en su interior. Así lo dijo Mario, que acababa de llegar por detrás de nosotros.
-Es como una estalactita partida. Lo de que cuelga de las cuevas, que es como un colmillo gigante, pero como si lo hubieran partido y se hubieran quedado los pinchos mal cortados.
Efectivamente, al seccionarse era como si se hubieran quedado astillas de piedra muy finas e irregulares.
-Eso es un tubo –dijo Julián.
-Qué va a ser un tubo, mira las astillas. Será de la madera –afirmó Mario.
Me acerqué a tocarlo otra vez. No tenía el tacto de la madera, no era rugoso como ella, pero sí tenía algo de vegetal, de blandura de tierra. Me tumbé para que mi nariz quedara a su altura y olfatee mientras mis amigos se reían a mi espalda. Olía a patatas podridas, pero no tan fuerte, más suave, pero desagradable. Saqué la cuchara que me había guardado en el bolsillo al ver la piedra y empecé a escarbar alrededor de la piedra. Aquí la tierra estaba mucho más blanda y comparada con la de la superficie donde intentábamos hacer el hoyo, era una delicia a pesar de las raíces de las hierbas. Mis amigos se habían acuclillado a mi lado y observaban atentos la extracción de la piedra. De momento ya había profundizado unos diez centímetros más. Se veía que era algo largo, como un tubo tal y como Julián había dicho. Según iba sacando tierra, la piedra iba aumentando su diámetro que había pasado de ser de uno o dos centímetros a casi cuatro. Mis amigos comenzaron a tirar a dúo de la piedra, cuya superficie expuesta era ya tanta que se podía agarrar con facilidad. Por fin, la piedra salió haciendo que mis dos amigos cayeran sobre su espalda mientras yo escupía la tierra que me había salpicado al salir la piedra.
Mario era quien sostenía la piedra por su extremo astillado, contemplado el extremo que había quedado ahora al descubierto. Julián lo miraba con el ceño fruncido. No sabía si Mario había comprendido, yo tardé unos segundos antes de escupir mil veces más la tierra que había rodeado al objeto.
-¡Es un hueso! –dijo al fin Julián -. Es el hueso de la pierna, este, este de aquí –decía como un loco señalando su muslo.
Mario sopesaba el hueso, le daba vueltas, lo limpiaba de tierra. Finalmente se acercó a la parte seca de la tierra y con un grito gutural lo clavo en el suelo por su parte puntiaguda. Se hundió casi hasta la mitad.
-Servirá para la trinchera –dijo Mario alejándose y dejándonos a Julián y a mí atónitos. Yo escupí un poco más aún antes de asumir el uso de la nueva herramientas. Ya dije que no era el lugar más bonito del mundo, pero era nuestro.

martes, 12 de julio de 2011

EXTRACCIÓN DE LA PIEDRA DE LA LOCURA (I)

No era el lugar más bonito del mundo, pero a nosotros eso no nos importaba porque cuando se es pequeño no se distingue entre “bucólico” y “espantoso”, sino entre “útil para la diversión” e “inútil para el entretenimiento” y el improvisado almacén de maderas que se nos presentaba delante era el paraíso para tres niños aburridos que pasaban en la calle demasiado tiempo sin hacer nada.
Fue Julián el que nos dio noticia de la existencia del solar lleno de tablones. Nos llevó a verlo orgulloso del hallazgo y, la verdad, tuvimos que darle la enhorabuena. Se trataba de un terrado desolado con maderos aquí y allá que bien podían usarse para hacer un fuerte, un escondite o un pequeño club. Estaba lo suficiente alejado y desierto para que los mayores no nos regañaran simplemente por estar allí. Ya teníamos experiencia en otros lugares parecidos y siempre había alguien, el dueño, un transeúnte, que parecía sufrir viéndonos pasarlo bien.
Decidimos hacerlo nuestro un domingo por la tarde. Recuerdo que hacía mucho calor porque todos buscábamos el refugio debajo de alguna madera apoyada en el muro que cercaba el terreno.
-Bueno, y ¿ahora qué hacemos? –preguntó Mario, el mayor del grupo que contaba 15 años.
-Podemos hacernos una casa –propuse yo, siempre queriendo tener un refugio.
-Ya, claro, pero a ver cómo cargamos con las maderas –comentó Julián, el más pragmático de los tres.
-Las hay más pequeñas –insistí yo aún un poco.
Pero finalmente fue Mario el que se impuso con su idea que a todos nos pareció la mejor: haríamos una trinchera. Me satisfacía porque no dejaba de ser un refugio y a Julián le parecía más fácil excavar poco a poco un hoyo que intentar montar unas paredes y un techo.
Miramos a nuestro alrededor intentando buscar algo que nos sirviera de herramienta, alguna madera astillada, alguna piedra, pero en aquel pequeño páramo no había ni un solo canto y todas las maderas, apiladas al fondo de la propiedad, estaban perfectamente cortadas lo que impedía que pudiéramos hollar la tierra con ellas. Nuestro sueño de tener nuestra propia trinchera se esfumó, pero empeñados en ellos decidimos volver al día siguiente, después de las clases, con algo con lo que pudiéramos trabajar. El sitio era perfecto. Aunque la tierra pareciera dura, el lugar absolutamente despoblado era excelente para nuestros planes infantiles.
Al día siguiente nos presentamos los tres en el mismo lugar. Julián llegó el primero y nos esperaba con una llave inglesa en la mano. La miré escéptico.
-Con eso no vamos a hacer nada –le dije.
-Tú ya verás, que con esto yo ablando la tierra y luego vosotros caváis.
Mario trajo una pala de plástico de las que se usábamos en la playa cuando éramos bebés. Yo llevé una cuchara, seguro de portar la mejor arma. Pero viendo el suelo rígido me di cuenta de que poco teníamos que hacer.
Empezamos a trabajar bajo el sol de la tarde, sudando como condenados a trabajos forzados. La tierra estaba seca, dura, imposible de herir. Julián golpeaba con su llave inglesa intentando destrozar a terrones la corteza mientras nosotros hincábamos nuestras palas lanzando pequeños grititos que nos salían de dentro de los pulmones por el esfuerzo realizado. Algunas veces, bajo la llave de Julián, saltaban pequeñas piedritas que se nos metían en los ojos. Yo empecé a respirar por la boca, fatigado. Vi cómo el pecho de Mario se movía rápidamente y su rostro aparecía furioso, casi desencajado. Hacer ese hoyo era una cuestión de orgullo personal. Necesitábamos algo con punto, no nuestros útiles romos.
Paramos un momento extenuados, deshechos en sudor y desmoralizados: en tres cuartos de hora solo habíamos hundido levemente la primera capa de tierra seca. Nos tumbamos reclinados sobre nuestros codos recuperando el aliento. Entonces fue cuando lo vi.

domingo, 10 de julio de 2011

12:41

Ya ves,
a las cabañas subí,
a los palacios bajé,
me enfangué con duda e improvisación
y la bomba no pudo detenerse,
no salían las cuentas (dos más dos)
ni con ábaco ni con papel.
Tal vez me digan que el círculo era demasiado grande
y no entenderé absolutamente nada
y el parámetro cambie
y yo me quede fuera
con todo vuestro amor.

viernes, 8 de julio de 2011

18:03

No puedo bajar la guardia y seguirá doliendo
que el sujeto A pida y comunique y sea con el sujeto B
y desde la lluvia, el pantano o simplemente
un afuera más bien falso
yo, sujeto C, miro.
En mi centro la duda quema
¿cómo hacer esto de encontrar al otro
sin que el otro arrase a su paso,
sin amarrarlo y encadenado y asfixiado con mi miedo?
No hice el ritual del fuego y eso
tuvo consecuencias nefastas.
Me quedo al margen.
Y, aunque es mentira,
en mi cabeza
esto es un hecho.

miércoles, 6 de julio de 2011

23:55

No pasa nada, tranquilos,
perdéis amigos soñando con casas de adobe,
viajando al norte solos, siempre solos,
con gente y solos,
probando el límite porque ignoráis
que un beso, un abrazo, una cara amable
(o una noche nueva)
ya puede llevaros a los cielos.
No pasa nada, tranquilos,
estad atentos e informados,
ved cómo pasa en el telediario
la vida que siempre quisistéis,
siempre sin tiempo
o incapaces de domarlo.
No pasa nada, tranquilos,
perdéis amigos
ya muy cansados.

lunes, 4 de julio de 2011

15:29

Estoy con el princeso, triste, triste,
al lado, ileso y vestido de oscuro,
muy siglo XVII, muy gris, muy negro.
Siempre con ojos que taladran por no hablar,
ni un exceso verbal, contenido, comedido,
el princeso suspira siempre zambullido en sí mismo,
un poco Maquiavelo,
y olvida cuántas flores
han muerto a su paso.

sábado, 2 de julio de 2011

23:56

Al final
eres como los jefes,
como los parkings de los supermercados,
como el que deja de escribirte y desaparece,
como el que te niega el saludo en un pasillo.
Al final
eres como todos
porque si gano uno
sé que pierdo otro.