miércoles, 28 de marzo de 2012

Tengo un hijo pequeño, creo que se llama Ángel. Le leo libros aburridos, pero él no iba a entender nada de todas formas, así que, como quiero que se familiarice con el sonido de mi voz le leo libros y libros. En realidad, a mí me gustan. Y me inquietan, pero pienso que para un niño de menos de un año pueden ser un rollo. No hay dibujos. No hay cerditos. Hay historias sórdidas forjadas en la pormodernidad. Le leo a Paul Auster porque me atrapa y, lo siento Ángel, no voy a dejar de leerlo porque hayas nacido. Le leo a Kafka, porque no lo entiendo y lo entiendo y en esa fisura me usta descansar en equilibrio inestable. Le leo a Unamuno porque cuando más serio se pone, már risa me da (creo que Unamuno lo hace a propósito) Le leo a Walt Withman porque me relaja y croe que a él le relaja (a Ángel, no a Walt) Le leo a Rubén Darío porque croe que su pesadez puede dormirle. Le leo Catulo y Robert Graves, porque a veces no sé qué más leerle.

A veces no es un hijo, es una hija y se llama, creo, Sofía. He conocido ya a tantos niños que casi todos los nombres están un poco vistos, un poco manidos, un poco corrompidos por otros. Y sé que no debiera aferrarme a esas sensaciones, pero, no sé si solo me pasa a mí o a toda la humanidad (gran cuestión esta, por cierto ¿qué cosas de las que a mí me pasan son mías y cuáles son, simplemente, un signo de que soy una persona?), a veces no soy capaz de ser más que pua sensibilidad. Siento, luego existe y solo me fío de esas intuiciones que tengo a flor de piel. Eso es lo real. Por eso tengo reticencias a que mi hija se llame Sofía. No lo veo porque no lo siento. Pronuncio su nombre y nada vibra dentro de mí. Su nombre que no es su nombre.

Por mi contacto con los niños también he aprendido a ser cada vez más indulgente. Menos permisiva, pero más indulgente. En realidad, esto no se aprende, no pasas por un proceso aleccionador. Simplemente vives con ello. Sonríes más ante los pequeños absurdos. Y, al igual que me ocurre con las sensaciones, empiezo a fiarme más de lo que me dicen los niños que me rodean. Si yo les pregunto "¿qué te parece que una empresa tenga que ganar más y más cada año?" o "¿qué opinas sobre el hecho de que cada segundo se desforeste una cantidad de bosque equivalente a un campo de fútbol?" Olvidemos el romanticismo, casi ningún niño está dotado de esa sapiencia madura de la que les dotan en las películas. Ese niño que ayuda a su padre v iudo a su tutor legal a su profesor... Es un tópico del cine como el de la rubia explosiva, el empollón inseguro o el perro heróico. Eficaz, hermoso, encantador, pero falso. Pero, de nuevo una grieta kafkiana, hay algo de inteligencia en la plena ignorancia. Algo así como el buen salvaje de Rousseau. Porque, cuando todo fallara, habría que volver al principio, y los niños son el principio. Cuando nos decimos "¿cómo hemos llegado a esto?" deberías volver hacia atrás y tomar alguna idea bruta infantil y depurarla hasta hacerla utilizable.

Y por eso le leo a Ángel y a Sofía (provisional) No para que aprendan desde la cuna, ya sé que no van a reflexionar sobre lo que les leo. Pero quiero que aprendan a hablar rápido y a decir tonterías. Y, sobre todo, quiero distraer mi mente, del mundo que les dejamos. Soy optimista, no obstante. Y por eso, también, les leo.

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