jueves, 27 de noviembre de 2014

De gusano a mariposa. El coste de la seda

Hace poco una compañera amiga me preguntó cómo me había cambiado la maternidad. Esta pregunta muchas veces se contesta con un "duermo menos,  apenas salgo de noche, no tengo tiempo para leer..." Esas cosas que, antes de ser madre, te dicen que no harás,  pronosticando un apocalipsis de cansancio y aburrimiento.

Pero ante la pregunta de mi amiga, a la que casi no dejé terminar, dije rápidamente "no lo sé". E inicié un viaje para descubrir ciertas cosas. Vaya por delante que esta es mi experiencia.

No es no dormir lo que supone un cambio. Tampoco lo es dejar de leer.  Es una transformación a otro nivel mucho más profundo. Imagino que depende mucho del tipo de crianza que lleves pero en mi caso el cambio ha sido una cuestión de identidad. Dejas de ser tú para pasar a ser "la madre de".

¿Quién eres?  ¿Qué te hace ser quien eres?  ¿Tu profesión,  tus relaciones,  tus necesidades,  tus gustos..? Pues bien,  todo eso pasa a un segundo o tercer plano.

Yo trabajo desde casa. Nunca estaré lo suficientemente agradecida a mi empresa por este apaño. Puedo cuidar de mi bebé sin preocuparme de cómo estará y él puede estar tranquilo conmigo. Pero no siempre es fácil. Dejas de poder organizarte porque los tiempos dejan de estar establecidos. Tienes que posponer hasta no sabes cuándo ese mail. A veces no pasa nada y alcanzas el zen y te ocupas de lo que toca en cada momento, consigues centrar tu atención en el momento presente.  Pero no siempre es así.  Y nadie te reprocha nada,  pero si te gusta tu trabajo (como es mi caso) quisieras hacer más y no pedirle a un compañero, que no está parado precisamente,  que lo haga por ti. Además,  esta solución supone estar unas 12 horas a solas con un pequeño. Maravilla y horror. Así que vas abandonando parcelas y dejas de ser lo que eras en el trabajo.

Tampoco la gente te trata igual.  De repente, dejan de llamarte tan a menudo.  O dejan de escribirte. Quizá se cansan de no poder encontrar un hueco en el que puedas atenderles.  O no quieren adaptarse a tu nuevo horario. O no quieren quedar con tu hijo. O tienen su vida y tú la tuya. La vida es eso,  encontrar gente maravillosa y, a veces,  dejarla ir cuando la vida cambia.  Pero ya tampoco puedes definirte con eso.

Tus gustos. No lees,  no vas al cine,  no viajas, no vas a conferencias,  no haces deporte, no comes tus comidas preferidas,  no estudias... Pero paseas,  redescubres la ciudad,  aprendes a jugar, aprendes a conectar con otro ser humano que está en continua evolución y te reta cada día a inventar un nuevo juego y dejas de preocuparte por si la cena la harás mejor o peor. ¿Hay comida?  Nos vale. Ya no eres la que leía novelas de X o la que hablaba sobre pelis de Y.

Así que, poco a poco, dejas de ser quien eras para transformarte en otra persona ni mejor ni peor, pero diferente. Y ahí empieza la esquizofrenia porque estás viviendo los mejores momentos de tu vida,  pero siendo otro.

Se mezclan el orgullo de oír a los demás decirte "madre" con la necesidad de escuchar tu nombre real. Ves enternecida todas tus fotos con tu bebé y te das cuenta de que ya no apareces en ninguna sola. Esquizofrenia,  revoltijo. La vida sigue, pero sin ti.

Tener un hijo es precioso,  nadie puede negarlo. Y quien no lo tiene no lo sabe.  Es como estar enamorado,  pero mucho,  muchísimo más.  Y, de la misma manera que un poco de ti cambia al enamorarte,  algo de ti sufre una metamorfosis al tener un hijo.

Dejar de ser tú para ser otro requiere una asimilación. A veces no quieres dejar tu antiguo yo y menos si el cambio requiere darte en cuerpo y alma a otro. Estas solo, asustado, sin saber cuál será el próximo paso.

Pero pronto aparecerá la mariposa. Aunque ahora todo pueda estar oscuro ahí dentro. Y ese es el coste de estar creando seda. Ese es el pequeñísimo precio de estar creando vida.




1 comentario:

Sole dijo...

Gracias Gloria! :) me ha sentado de maravilla leer tu post. :)